martes, 29 de abril de 2014

Un Noé verde: Noé.

Un Noé verde: Noé, de Darren Aronofsky
Darren Aronofsky: Noah. New Regency, Paramount Pictures. USA. 2014. 139 min.



“Cuando llueve todos se mojan” dice el dicho, y este se aplica mejor aún al más grande aguacero de todos los tiempos. El diluvio –ese gran chaparrón bíblico- no es patrimonio exclusivo de la civilización judeo-cristiana. Sumerios, chinos y mayas han tenido su propia versión del diluvio –con agua o sin ella- es decir de aquel momento histórico por el cual Dios quiso borrar de la faz de la tierra a nuestros impresentables antepasados. Vale la pena revisar al respecto el magnífico cuento  de Alejo Carpentier titulado “Los advertidos”; relato en el que, con la magnífica prosa que lo caracteriza, nos da una genial versión sobre esta historia.

Ahora bien, si Noé y su odisea no es propiedad de los judeo-cristianos, es lógico que las “nuevas tendencias de pensamiento místico” –confundidas todas bajo la holgada denominación de “New Age”– hayan presentado su propia versión del patriarca marinero. Es en esta línea que Hollywood, mayor difusor de estas eclécticas y nada ortodoxas posturas, exhibe su última producción: Noé (2014).

Un baldazo de agua fría recibieron los espectadores que, en los últimos días llenaron las salas de cine de la ciudad. Quien esperaba observar una recreación del relato bíblico –quizás a la usanza de aquellas clásicas producciones que suelen ponerse de moda cada Semana Santa– tuvo que simplemente contener su frustración. Quien, sin embargo, en sus más afiebradas fantasías logró conjugar los monstruos del “Señor de los Anillos” y similares con las Sagradas Escrituras, quedó con seguridad satisfecho.

Y es que esta versión de Noé nos presenta al célebre personaje como una suerte de chamán ecologista –que considera el consumo de carne y la extracción tecnificada de los recursos naturales como pecados atroces– mezclado quizás con un calvinista de la más dura ralea; aquel que en su rigorismo moral, y cual un segundo Lutero, pasa al laxismo –el otro extremo– cuando la culpa le resulta insoportable. En suma: Culpa protestante, moral vegana, mitología hollywodense. Un sancochado teológico más pesado e indigesto que los atracones de bacalao que algunos se dan en Semana Santa.

Ya en el plano estético, esta es más pobre –si eso cabe– que la trama que presenta. Caracteres planísimos y sosos, un Rusell Crowe que no cambia de expresión por más que el cielo se le caiga encima, y un Anthony Hopkins que –de algo tiene que vivir– encarna un Matusalem tan nimio como inoportuno en el drama. Eso sí, es increíble cómo estas pésimas producciones pueden echar por los suelos el talento de magníficos actores como Hopkins y Jeninffer Connelly.  Finalmente, se recomienda evitar esta película, no por lo errónea o falsa, sino por un pecado que es igual de cruel: por lo fea y corriente que la película es.     


martes, 8 de abril de 2014

Vox Dei: Doce hombres en pugna

Vox Dei: Doce hombres en pugna, de Sidney Lumet
Sidney Lumet: Twelve angry men. Orion-Nova Productions, United Artists. USA. 1957. 95 min.



Continuando con la serie de los más destacados dramas judiciales en la historia del cine, se hace imprescindible nombrar al clásico de Sidney Lumet, adaptación de la obra de teatro de Reginald Rose. Originalmente concebida y rodada para T.V, Twelve angry men (1957) ha sido adaptada y reestrenada en muchos otros países según propio formato, como ha ocurrido en España y en México, donde incluso se produjo una versión “femenina” de la trama. Así también en el año 1997 se lanzó el remake de la cinta en los EEUU, dirigida por el conocido director William Friedkin.  

En Doce Hombres en pugna asistimos a la –prolongada– deliberación de un jurado compuesto por doce hombres muy diferentes entre sí, encargados de juzgar a un joven puertorriqueño por homicidio. Los prejuicios, miedos y la indolencia de la mayoría de jurados prevalecerán al inicio, pasando por alto una serie de incongruencias en la acusación, sin embargo un solo jurado –el interpretado por  Henry Fonda– se encargará sutilmente de hacer prevalecer la verdad y lograr la inocencia del reo.

Esta aparente crítica del sistema judicial estadounidense, en la persona de la institución del jurado, es también una crítica a toda la sociedad norteamericana. El juicio por jurados corresponde pues a uno de los principios basales de esta sociedad, que ya en la “Declaración de Virginia” de 1776 (principal antecesor de la Constitución Norteamericana) establecía que un ciudadano sólo podrá ser juzgado por “doce hombres de su propia vecindad”. No obstante esto, el jurado como institución ha venido –y viene en la actualidad- recibiendo constantes críticas, sobre todo en la década de los 60’.

La posición que sobre el tema mantiene la cinta será, de otra parte, la oficial. En ella se afirmará –luego de aceptar las grietas que acosan el sistema– que la institución del jurado fuera de todos los inconvenientes es esencialmente democrática y eficaz. En esto radica la solidez retórica –y discursiva del film: evidenciar las flaquezas de las instituciones democráticas, para luego en salto lógico, concluir en su necesidad más allá de sus defectos, afirmando después que todo error será causado únicamente por una mala (o incipiente) aplicación del sistema y no debida a éste in scencia. Como es bien sabido esta es la premisa que sostiene, no sólo la noción de juicio por jurado sino también a toda la democracia liberal: “No es perfecta, pero es lo mejor que tenemos”, nos repetirán siempre. Finalmente, y más allá de la particular opinión que podamos tener sobre el aparato democrático contemporáneo, vale tener en cuenta las –efectivas– estrategias retóricas que lo soportan. Por algo Jacques Lacán, en su Seminario sobre los cuatro discursos había denominado como “democrático” a aquel que sin conocer las reales consecuencias de una idea, lo afirmará estableciendo que los errores incurridos son causa, justamente, de no haber implantado aquella idea hasta sus últimas consecuencias. La democracia liberal será pues un acto de fe que requiere; ni más ni menos que una religión laica.

Cinematográficamente la cinta sostendrá esta noción mediante sólidas tomas bien encuadradas, absteniéndose efectuar de cambios abruptos o secuencias rápidas. Como se observa, se echará mano a una serie de recursos fílmicos que buscarán representar la solidez de las instituciones democráticas, de organismos estatales nada precarios y que reposan en macizos cimientos. Un claro ejemplo del uso de éstos lo encontramos al inicio y al fin de la cinta, en la que la cámara se enfocará en las bases de las robustas columnatas neoclásicas que decoran el frontis del edificio de la corte acentuándose así esta convicción mediante la imagen.  

Estos encuadres, además de potenciar la tensión inherente a la trama, afirmarán el carácter del personaje principal (Fonda) que fluye de la línea discursiva del film. Así pues, las instituciones robustas a las que se alude indirectamente con la cámara, tendrán su contraparte real en el film en aquel héroe-individuo que hará prevalecer la justicia en el jurado. Este personaje encarnará pues al ciudadano arquetípico para el dogma liberal y que a la vez constituye su basamento: uno que en minoría, y haciendo valer sus íntimas creencias y convicciones logra hacer vencer los ideales del sistema para beneficio de la sociedad; un personaje (individuo) que, seguro de sí mismo a pesar de los vaivenes y amenazas de sus compañeros (la masa), se convertirá en ángel guardián de la ideología, cuando lucha por su consolidación como ente autónomo; un individuo que cumple sin grandes aspavientos con su labor cívica, para después pasar al anonimato total confundiéndose en la masa de ciudadanos de la urbe, tal como atestigua la escena final.


Finalmente, más allá de las múltiples consideraciones teóricas que puedan resultar de su examen, debemos solo reiterar lo magnífico de esta producción y lo entretenida que resulta para cualquier espectador. Un consejo: vale la pena contrastar este film con la italiana Investigación a un ciudadano libre de toda sospecha (1970), de Elio Petri. En plena época de rebeldía Petri, socavará las bases mismas del sistema judicial moderno con esta ácida sátira, constituyéndose en la antípoda del film de Lumet. Verlas seguidas constituye un ejercicio crítico francamente interesante.  

martes, 1 de abril de 2014

¿Cine o Foro?: Los juicios de Nuremberg

¿Cine o Foro?: Los juicios de Nuremberg, de Stanley Kramer
Stanley Kramer: Judgement at Nuremberg. Metro-Goldwyn Mayer, United Artists. USA. 1961. 186 min.



El primero de febrero de este año el mundo del cine sufrió la pérdida de un talentoso actor. Hablamos del  suizo-austriaco Maximilian Schell, protagonista de importantes películas como Heidi (1968), La Cruz de Hierro (1977) y Un puente muy lejano (1974). No obstante aquellos importantes papeles, el rol más memorable de su carrera lo logrará encarnando a Hans Rolfe, un joven y apasionado abogado alemán que buscará exculpar de crímenes contra la humanidad a su maestro –el juez nazi Emil Hahn– en los ya legendarios juicios de Nuremberg. Es justamente bajo este título –Judgement at Nuremberg (1961)– que Stanley Kramer nos presentará una super producción que dará muy buena cuenta de la época dorada de Hollywood.  

Dos años después de la Segunda Guerra Mundial, Dan Haywood (Spencer Tracy), juez de un pequeño pueblo en Estados Unidos, será nombrado presidente de un tribunal encargado de juzgar jerarcas nazis. En él, junto con sus pares rusos e ingleses, recaerá la difícil tarea de procesar a Emil Hahn (Burt Lancaster), eminente jurista y presidente de la Suprema Corte de Alemania durante la época hitleriana, quien es acusado de avalar e institucionalizar una serie de medidas genocidas. Hans Rolfe (Schell), por su parte, llevará a cabo una defensa magistral que, en dos ocasiones precedentes acarrearon la nulidad del juicio.  Una ciudad devastada y sumida en el hambre será, por último, el marco ideal de una historia de lucha por los principios y redención personal.

Bajo la experta dirección de Stanley Kramer (reconocido por films de la talla de La hora final (1959), Heredarás el viento (1960), Adivina quién viene esta noche a cenar (1967), entre otros) Los juicios de Nuremberg se convierte en una película obligada del subgénero del “drama judicial”. Los diálogos y monólogos que allí encontramos nos refieren a la esencia misma de lo jurídico, develándose en el film los conflictos más disputados y vigentes dentro de esta rama del saber humano: la primacía del Derecho Natural no escrito versus el Derecho Positivo consensual; la objeción de conciencia frente a los deberes de Estado; la dignidad humana de cara a las políticas públicas. Lo mejores argumentos de la discusión jurídica contemporánea pasarán ante nuestros ojos en boca de Schell y de Tracy, haciéndonos preguntar –junto con Cicerón, Gayo y Ulpiano– sobre la naturaleza misma de lo que llamamos Derecho.

A pesar de lo monótona y tediosa que hubiera podido resultar la película esta discurrirá cautivante, gracias en primer lugar a una acertada dirección en la que sobresaldrá la austeridad y eficacia visual de las tomas y las secuencias, así también como por la historia de amor que atravesará el asunto principal, matizando eficazmente cualquier dejo de pesadumbre que pudiera producir el film. De otro lado, sólo podemos calificar como magistrales las actuaciones de Spencer Tracy, Burt Lancaster, Montgomery Clift, Judy Garland, Marlene Dietrich, y en especial la de Schell; actuación que le valdría el Premio de la Academia a mejor actor ese mismo año.


Una obra maestra indiscutible, Los juicios de Nuremberg resulta un referente ineludible para el cine forúm de alguna Facultad de Derecho, como un film fundamental para cualquier aficionado al “drama judicial”. Advertencia: no confundir con el film homónimo del 2000, producido para televisión y protagonizado por Alec Baldwin; cinta que poseyendo mérito propio no abordará los mismos temas de su predecesora y, a todas luces, no alcanzará el gran nivel cinematográfico de ésta. 

martes, 25 de marzo de 2014

Decadencia y belleza: La gran belleza

Decadencia y belleza: La gran belleza, de Paolo Sorrentino
Paolo Sorrentino: La grande bellezza. Babe Films, France 2 Cinema, Indigo Film, Pathe Production. Italia. 2013. 142 min.




En los años 60’ una película revolucionó el cine y la manera de ver el mundo, haciendo universales varios arquetipos que hasta ahora viven en nuestro imaginario y lenguaje. Así pues, el conocido término paparazzi derivó de un célebre personaje de éste film –de apellido Paparazzo– que fue el precursor de los actuales periodistas cazadores de estrellas; así también –y por poner otro ejemplo– los excesos de cualquier sociedad opulenta y refinada hasta la saciedad sólo podrán ser resumidos por una frase que evoca, justamente, el título de un film que ya es todo un clásico: La dolce vita. En el 2013, más de medio siglo después el legado de Fellini continuará vigente gracias a la última producción de Paolo Sorrentino, confeso admirador del genio de Rímini, que reactualizará en clave de este siglo la magistral obra de su ídolo. 

Jep Gambardella (Toni Servillo) es un escritor italiano que, luego de haber escrito en su juventud un clásico de la literatura contemporánea, resulta incapaz de iniciar un nuevo proyecto artístico. A los 65 años se desempeña en el ámbito de la crítica, frecuentando una bohemia romana en busca de respuestas a su absoluta aridez espiritual. La búsqueda de un ideal estético (Belleza, Verdad y Bondad) cada vez más esquivo sumirá a nuestro héroe en un profundo desencanto, que buscará abolir con refinado humor negro, el amor de hermosas mujeres y en la compañía de sus  –también desorientados– amigos. La noche romana, con sus excesos y excentricidades, será en marco perfecto en el que se desarrolla esta tragicomedia llena de gracia y sensibilidad, y que con justa razón ha sido galardonada con el Globo de Oro y el Oscar a la mejor película extranjera.   

La película resulta un manifiesto homenaje a Federico Fellini, tal como el propio director mencionó en la ceremonia de entrega de los óscares. Secuencias enteras traen a la memoria escenas de La dolce vita (1960) y Otto e mezzo (1963), además de aquella grandilocuencia y ensueño tan particulares del estilo “fellinesco”, y que se repiten a lo largo de esta producción. Sin embargo el tributo irá más allá de la forma. La médula misma de la película –la historia de un artista sufriendo una dolorosa crisis de inspiración; y el retrato de un hombre angustiado por el peso de la existencia, en medio del frívolo clima de la bohemia– constituyen los dos ejes temáticos de las películas anteriormente mencionadas. Finalmente, la idea de la ciudad –Roma, en este caso– como un personaje principal, también será una de las obsesiones del legendario director italiano.

No obstante lo antes dicho, La grande bellezza (2013) no es una mera copia del genio creativo de Fellini. La dinámica de los personajes fellinianos se inscribe ahora, gracias al buen trabajo de Sorrentino, en las preocupaciones y malestares del siglo XXI. La crisis de las ideologías sociales, la corrupción generalizada en los estamentos de gobierno, la desintegración absoluta de un eje estético y una radical apuesta por el hedonismo y el consumo harán de este film un testimonio mucho más desesperanzador y duro que el de su par sesentero. Aquella débil pero siempre presente esperanza de las películas de Fellini se encuentra casi ahogada en el cinismo y amargura que se destila de esta versión contemporánea; La gran belleza se constituye, así, en una fiel representación de estos tiempos.  

La Gran Belleza es una producción que merece ser vista. Recordar gracias a ella al gran cine italiano, y observar cómo éste se mantiene tan vigoroso y fructífero como antes, nos insuflará nuevos aires artísticos en una oferta cinematográfica saturada por la propuesta Hollywoodense. Pulgares arriba.


martes, 25 de febrero de 2014

Flor de estanque: Calles Peligrosa.

Flor de estanque: Calles Peligrosas, de Martin Scorsese
Martin Scorsese: Mean streets. Taplin - Perry - Scorsese Producciones. USA. 1973. 112 min.



“La penitencia no se hace en la iglesia, se hace en la calle, en la casa. El resto es basura y usted lo sabe”. Con esta frase, citada en off por el propio Martin Scorsese, se inicia una de las mejores películas del renombrado director americano: Calles Peligrosas (1973); film con el que rememora su pasado en Little Italy, el célebre barrio italiano de Nueva York. La soberbia actuación de Harvey Keitel y de un jovencísimo Robert de Niro harán de esta película, además de una cinta imperdible para cualquier cinéfilo, uno de los más veraces y emotivos documentos realizados a propósito de la comunidad ítalo americana en la costa oeste de los  Estados Unidos.

Charlie (Keitel) es el hombre fuerte de su tío, un capo de la mafia en Nueva York, a la vez que aspira a reemplazarlo en breve tiempo. Profundamente católico, Charlie busca –sin éxito– vivir según los valores familiares y religiosos que le han transmitidos desde Italia, en pleno clima de degeneración moral de los EEUU en la década de los 70’. Extremadamente leal, Charlie forjará con Tony y Johnny Boy una amistad que será el único espectro de humanidad que iluminará el corrompido ambiente en el que se ve sumergido. Luego, y fiel a su particular estilo, Charlie tratará de aliviar esa tensión espiritual haciéndose la firme promesa de ayudar a Johnny Boy (De Niro), su irresponsable camarada, quien vive acosado por las innumerables deudas que pesan sobre él. Charlie, desafiando las órdenes de su tío –quién le prohibió ayudar a su incorregible amigo– preferirá cumplir la penitencia que se ha autoimpuesto a costa de  su propio futuro. 

Este choque entre los valores tradicionales italianos y la forma de vida norteamericana, será la idea basal que inspira la película de inicio a  fin. Un conflicto que a pesar de estar encarnado en el personaje principal, corresponderá a toda una generación de inmigrantes y descendientes de inmigrantes quienes, como Charlie, sufrían con profundo malestar existencial un severo proceso de aculturamiento. Muchos filmes han dado cuenta del mismo, pero ninguno como Mean Streets (1973) ha resaltado que los valores tradicionales del viejo continente resultarán sólidos, vigorosos y vigentes frente a un american way of life que resulta –desde sus inicios– la quintaesencia de la anemia espiritual. Ya desde sus inicios Scorsese, quizás sin saberlo, apuntaba a cantar la decadencia de una cultura por esencia decadente. Su velada crítica se hará directa en aquellas secuencias en las que se aproxima a los personajes no ítalo-americanos, en especial en lo que se refiere a las hippies y los veteranos de Vietnam. Dando la contraria a  los clichés que alimentan inconsciente colectivo estadounidense, Scorsese dejará en claro, finalmente, quiénes son los verdaderos bárbaros.

Uno de los aspectos más valiosos de esta cinta residirá en la naturalidad con que proyecta el drama, convirtiéndose así en un documento verdaderamente auténtico por la frescura que transmiten sus secuencias, y por la adecuada dosis de humor y ternura que fluye de los personajes; caracteres complejos –fielmente retratados por Keitel y De Niro– que enriquecen la trama, aportando profundidad psicológica y temática al drama. Por otro lado, este prolífico armatoste visual no habría podido alcanzar tan grande éxito de no ser por la visionaria dirección de Scorsese, quien echando mano de extraordinarias –a la vez que oportunas tomas– y de una hábil edición (en la que resalta la banda sonora), recrea al detalle las intimidades del barrio italiano en Nueva York.

Se trata pues –junto con Taxi driver (1976) y Racing Bull (1980)– de una de las mejores películas de Scorsese; cinta que, en palabras del propio muchacho de Flushing, constituye su filme más personal, y por lo tanto más sentido. Toda una obra maestra del séptimo arte.     


martes, 18 de febrero de 2014

Excelencia convencional: Escándalo Americano

Excelencia convencional: Escándalo Americano, de David O. Russell
David O. Russell: American hustle. Annapurna Pictures, Atlas Entertainment. USA. 2013. 129 min.



Como antesala del Oscar se exhibe en nuestra ciudad una favorita a llevarse el premio grande: Escándalo Americano (2013) de David O. Russell. Con gran gasto de producción y marcado acento hollywodense, este film está más que en carrera para obtener la mayor presea del cine norteamericano teniendo por único rival al El lobo de Wall Street (2013), film que comentamos anteriormente. Una producción que a nuestro juicio, y no sin cierto dejo de paradoja, resulta ser –precisamente– la otra cara de la moneda del último film de Scorsese.

Irving Rosenfeld (Christian Bale) es un empresario cincuentón que se ha abierto camino mediante la especulación y –sobre todo– la estafa. Vive una tediosa existencia con su desequilibrada esposa (Jenniffer Lawrence) y él hijo de ésta, a quien quiere como si fuera el suyo. En su camino se cruzará Sydney Prosser (Amy Adams), quien también hastiada de sí misma inicia una nueva y fraudulenta vida como amante y socia de Rosenfeld. Poco después, luego de caer en manos del FBI, se verán envueltos en una compleja trama de mentiras y corrupción para poder así salvar su libertad.  

Escándalo Americano es un film eficaz. Gracias a un buen despliegue de vestuario, escenografía y maquillaje nos presenta vívidamente un bosquejo de la sociedad norteamericana de a finales de los setenta. Un interesante guion será soportado por una pulcra dirección y una excelente edición; historia que a la vez se asentará en las soberbias actuaciones de Bale, Adams y Lawrence. Todo esto resultará en una buena película, pero que sin embargo no sale de lo convencional. Sin presentar una propuesta novedosa o desafiante, este film tiene expedito su camino a alcanzar el Premio de la Academia justamente por ajustarse al gusto y el discurso de la industria. Así pues, a diferencia del film de Scorsese, Escandalo Americano no es un film de autor; en esta película no se podrá identificar una propuesta o estilo particular, reduciéndose a un producto estándar; a una cinta que se agota en el simple hecho de relatar una trama.

En la primera escena del film vemos cómo un demacrado y barrigón Christian Bale busca cubrir su prominente calva luego de pasarse sendos minutos en un complicado tratamiento capilar. Esta será la primera pista sobre el tenor de esta obra: La mentira. En el sofisticado mundo de los EEUU de a fines de los 70’ el ciudadano promedio se verá obligado a reinventarse constantemente para sobrevivir. La excéntrica moda y el desbordado arte de aquella época serán producto de una sociedad aparentemente opulenta que impondrá sus exagerados estándares –con despiadado rigor– a sus cada vez más voraces ciudadanos. Como es lógico, todo esto terminará provocando una fatal crisis de identidad que sumirá a todos los que la sufren en un tedio insuperable. La mentira luego se convertirá en el elemento sin el cual ningún personaje –políticos, mafiosos, empresarios y policías– pueden vivir. El tema tratado por esta obra no es original, muchas otros filmes lo han tocado con mayor acierto. Sin embargo vale la pena analizar cómo es abordado y qué discurso se deriva de él.

En la película observamos cómo el personaje principal del drama logra legitimar sus –muchas veces– inmorales actos mediante su propia mentira, elevando la propia condición de deshonestidad al nivel de virtud. Se desprende de la película, que los “valores” norteamericanos, tales como el tesón, la devoción al trabajo y la capacidad de adaptación para lograr el éxito, pueden superponerse con éxito a los dilemas éticos que puedan provocar; esto se puede observar en numerosas secuencias del film. De otro lado, y como mecanismo de justificación del american way of life, la forma de vida americana será contrapuesta con los valores tradicionales de occidente, como son la familia, la patria y la ley. Estos ideales estarán personificados –de manera caricaturesca- por el personaje más odioso del film: un policía católico obsesionado por imponer la legalidad, que secretamente esconde una poderosa admiración por los individuos a quien persigue. Obviamente según lo planteado por este film, la ética del oportunismo y falsedad estarán por encima de cualquier otro código moral, ya que –según la película– además del hecho de que todos mienten y esconden algo, las relaciones humanas que son sostenidas por esta ética del engaño –aunque disfuncionales– estarán marcadas por la espontaneidad y el deseo, garantías ambas de una relación verdadera según la particular visión yankee.

Como se advierte este film planteará una visión de los EEUU que se encuentra en las antípodas de la filmografía de Scorsese, incluyendo El Lobo de Wall Street; obras que nos muestran una Norteamérica descompuesta justamente por aquellos ideales y valores que la han inspirado. Será evidente luego, que la chances de Escándalo Americano de ganar el Oscar se multiplican en relación a su rival justamente por el discurso oficial que promueve.


Más allá de lo dicho, y fuera de las personales apreciaciones que se puedan hacer sobre films que arriesgan y proponen postulados heterodoxos y aquellos que siguen fórmulas exitosas, Escandalo Americano es una película digna de verse y disfrutarse. La caracterización de Bale es simplemente sorprendente, y la belleza de sus co-protagonistas no deja de ser remarcable. Un buen pretexto para una tarde de cine este fin de semana.   

martes, 11 de febrero de 2014

Voluptosidad pura: El lobo de Wall Street

Voluptosidad pura: El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese
Martin Scorsese: The wolf of Wall Street. Appian Way, EMJAG Productions, Red Granite, Sikelia Productions. USA. 2013. 179 min.



Viene presentándose en los cines locales la última película de Martin Scorsese: El lobo de Wall Street (2013). El célebre director ítalo-norteamericano, autor de filmes de culto como Calles Peligrosas (1973), Taxi Driver (1976) y Toro Salvaje (1980)  comparte con nosotros su particular visión sobre Norteamérica en la persona de Jordan Belfort, como antes lo había hecho con el desequilibrado taxista Travis Bickle y el boxeador de peso mediano Jake La Motta. Un hombre y –en especial– un particular momento en la historia de los Estados Unidos, será expuesto con descarnada maestría por el consagrado realizador neoyorquino.

El lobo de Wall Street da cuenta de la historia de un joven corredor de bolsa que, sumergido en el delirante ambiente de Wall Street, se en inicia una vida de excesos bajo el amparo del dinero procedente de colosales maniobras de especulación; crónica de un frenético círculo de depravaciones e ilegales actividades financieras  que provocarán en Belfort, y en su pandilla, avaricia y egolatría sin límites. Fenomenal metáfora de un sistema basado única y exclusivamente en el dogma del bienestar económico, las técnicas de liderazgo y superación, y la promesa de un inminente futuro como millonario. Hablamos de la religión de nuestros tiempos: el “emprendurismo”. 

El lobo de Wall Street (2013) es un film ágil, atractivo, pero que sin embargo no alcanza los clímax líricos y cinematográficos de las grandes películas de Scorsese. Se trata de una buena película, entretenida y muy adecuada al espectador actual, pero que muchas veces raya en la linealidad temática de un panfleto. Divierte, atrapa, pero nada más. Más allá de esto, la habilidad con que el muchacho de Flushing presenta la historia es siempre admirable, sobre todo en lo que corresponderá al juego de cámaras desplegado, el ritmo que impone y las secuencias que presenta. Lo mejor de la técnica hollywoodense es puesta en práctica para producir una película efectiva, mas no profunda. Sin embargo, es justo conceder que quizás la propia superficialidad del film forme parte del discurso mismo de la cinta. De otro lado, consideramos digna de resaltar a la actuación de Di Caprio, quien aprovechando la riqueza del personaje que encarna hace que éste evolucione con éxito a lo largo del film.

Como dijimos anteriormente, las películas de Scorsese bien pueden servir como fiel testimonio de la sociedad norteamericana en sus diferentes períodos. Más allá de los logros artísticos de sus anteriores cintas, en ellas encontramos  –además de la denuncia y el duro desconsuelo que transmitían– un dejo de esperanza que iba más allá de lo explícito de la crítica que se evidenciaba en su discurso, y que, finalmente apuntalaba la imagen que Scorsese –y todos los norteamericanos– tenían de su sociedad. Sin embargo ahora –según lo apreciado en El lobo de Wall Street– podemos entrever que para el maduro director cualquier futuro se presenta desalentador. El antihéroe que otrora encontraría el sentido de la humanidad después de una serie de ascensos y caídas, ahora se limitará a chapotear en el lodazal de su cinismo  deleitándose de principio a fin en la futilidad. Su insoportable vacuidad será inundada, eso sí, de una atropellada sucesión de momentáneos éxtasis muy bien reflejados por Scorsese. La vida será pura forma, deleite, desenfreno. Estamos pues ante la expresión de la cultura de la decadencia, un Satiricón norteamericano que es el barroco preludio del fin de una hegemonía. 

Advertimos, por otra parte, que para el heterodoxo cineasta aquel mundo cruel y desenfadado que juzga a la vez que retrata, resultará más tentador de lo que él pueda aceptar. Se hace evidente, pues, la velada admiración que se trasluce detrás de la aparente crítica: lo cautivante de sus personajes más inmorales; las justificaciones a sus actos que reproducen a lo largo del film; y un complaciente final serán claras muestras de aquello. ¿No se esconderá detrás del reproche y la burla, la devoción hacia quienes hacen posible sus producciones con su dinero?

En conclusión, El lobo de Wall Street es, con justicia, una de las favoritas para llevarse el Oscar. Film que no saliendo de lo  convencional –no del todo, por lo menos– presenta un film de autor; en él se advierte, a veces más a veces menos, la mano de su laureado director. Vertiginosa, obscena, atrapante, ella se presenta como una de las mejores opciones en nuestra alicaída escena cinematográfica comercial. ¿Definirla en una frase?: Voluptuosidad pura.