lunes, 29 de noviembre de 2021

El nacimiento de Jesús en el cine




Todas las culturas, al pretender fijar el tiempo, han establecido la fecha fundamental que daría sentido al calendario. Los judíos inician su recuento el domingo 7 de octubre del año 3760 a. C., fecha en la que, según los cálculos del rabino Hiel II, Yahvé creó el mundo. Los griegos iniciaron su cuenta el 776 a. C., año en el que se instituyó la primera olimpiada. Los romanos tuvieron como fecha inicial el año de la fundación de su ciudad, 753 a. C. Para el calendario chino, el primer año es el 2696 a. C., el de la asunción al poder del emperador amarillo, Huangdi. Más modernamente, los musulmanes pretendieron establecer como primer año al 622 (comienzo de la era conocida como Hégira), cuando Mahoma escapó de La Meca a Medina. Finalmente, los revolucionarios franceses definieron que el inicio de la historia debería fijarse el 22 de septiembre de 1792, año de la proclamación de la República.

Así pues, desde diferentes cosmovisiones, creencias religiosas, regímenes e incluso ideologías se ha tratado de establecer la fecha de la fundación de la historia. Sin embargo, universalmente, se acepta como el suceso que dio inicio a nuestro tiempo a aquel que ocurrió hace —más o menos— 2018 años: el nacimiento de Jesucristo, el Señor de la Historia. Esta es una hermosa realidad que, como cristianos, no debemos dejar pasar por alto: el sentido de todo tiempo medido o mesurable se inicia y se acaba con el día de la llegada del esperado Mesías.

 

Películas y Navidad. 

¿Cómo recrea el cine el día más trascendental de todos los tiempos? Como no podría ser de otro modo, numerosas películas dan cuenta de aquel asombroso suceso, la noche en que Dios mismo se hace hombre. Ya en 1898, el padre del cine, Louis Lumiére, realizaría una película sobre Cristo en la que incluiría escenas del nacimiento del Salvador. Aquella cinta —La vie et la passion de Jésus-Christ— de tan solo once minutos de duración ya nos muestra imágenes de la primera Nochebuena.

Algunas películas tienen, incluso, por toda temática el nacimiento del Señor Jesús. Entre ellas, encontramos desde la muy reciente The Nativity Story (2006) hasta las hermosas adaptaciones mexicanas realizadas por Miguel Zacarías: Jesús, el niño Dios (1971) y su secuela Jesús, María y José (1972).

De igual manera, y ya que la Navidad es inconcebible sin la figura de María, la madre de Dios, muchas de las películas consagradas a la santa Virgen abordan privilegiadamente el nacimiento de Cristo. La francesa María de Nazaret (1995), la americana María, madre de Dios (1999), la italiana Maria, figlia del suo figlio (2000) y la mexicana Reina de reinas (1945) son algunas de ellas.

Sin embargo, muchas de estas películas son difíciles de conseguir, por tanto, pocas han podido ser apreciadas por el espectador promedio.

 

El cine y la Navidad hoy

Para hablar de la Navidad en y desde el cine, es mejor remitirnos a fragmentos de películas sobre la vida de Jesús que son —o han sido— parte habitual de la programación televisiva y que ya forman parte de nuestra cultura cinematográfica.

El lector recordará, entonces, filmes como Jesús de Nazaret (1977), popular miniserie de televisión dirigida por Franco Zeffirelli, que nos muestra una de las más bellas estampas del nacimiento de Cristo.

También la muy interesante obra de Pier Paolo PassoliniEl evangelio según san Mateo (1964), que muestra una escena de Navidad muy diferente a la que tenemos por costumbre ver, echando mano únicamente de actuaciones de aficionados, sencilla indumentaria y una hermosa banda sonora.

Asimismo, grandes producciones, como Rey de reyes (1961), representan con acierto este acontecimiento. Este filme, en particular, luce una colorida dramatización de la llegada del Mesías.

 

¿Precisión teológica o emoción en la pantalla grande? 

Es interesante destacar que en todas las películas mencionadas y en casi todas las existentes, las representaciones del parto de María suponen dolor. Esto se opone a las enseñanzas de la teología católica, ya que como lo mencionan doctores como san Ambrosio, san Agustín, san Gregorio de Nisa y santo Tomás de Aquino, María tuvo un parto indoloro por no habérsele aplicado el castigo que merecían todas las hijas de Eva como consecuencia del pecado original.

Más allá de estos detalles, siempre es aleccionador y reconfortante componer en la mente, con ayuda del cine, la televisión o el arte en general, el evento más importante de la historia de la humanidad y de cada una de nuestras vidas. 


viernes, 5 de noviembre de 2021

Elogio de la Penitencia

Elogio de la Penitencia

¿Cuál es posición cristiana frente a la búsqueda del dolor?





Hace algunos meses celebramos la festividad de Santa Rosa de Lima, patrona de América. Entre las conmemoraciones piadosas se difundieron otras que incorporaban interpretaciones aparentemente científicas sobre algunos hábitos de la santa, como fueron sus prácticas penitenciales en lo que toca al uso de cilicio u otras disciplinas. En ellas, algunos seudo académicos atribuían el rigor con que la santa limeña trataba a su cuerpo –práctica sumamente común en la época, por otra parte– a desviaciones mentales o histeria. De entre los medios católicos también pudimos escuchar comentarios que, sin la contundencia de los “ilustrados y modernos”, censuraron y minimizaron esas prácticas, ahogándolas en el mar del relativismo histórico, explicándolas estrictamente como una manifestación de sus tiempos y época. Razonamientos que, en contrapartida, exaltaron los sacrificios de Rosa que produjeron resultados “concretos” en bien del prójimo, traduciéndose en obras de caridad. Este fenómeno apena realmente, porque evidencia que los embates del pensamiento anti-cristiano han soplado tan fuerte que, hasta entre los creyentes ha menguado o desaparecido la conciencia que la penitencia –el abrazar la cruz con avidez y codiciar el dolor, como hicieron Rosa y otros santos– es medular al mensaje del mensaje cristiano.

El venerable arzobispo Fulton J. Sheen, en su libro “El calvario y la misa” nos recuerda que en cada consagración del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor, Él nos dice: “Dadme vuestro ser entero… Yo ya no puedo sufrir… Yo pasé por mi cruz y llené hasta el tope los sufrimientos de mi cuerpo físico… pero no llené los que pertenecían a mi Cuerpo Místico, en el cual estás tú… La Misa es el momento en que cada uno de vosotros pueden cumplir literalmente mi mandato… Toma tu cruz y sígueme…”. De esta manera Sheen, desarrollando lo planteado por San Pablo en los inicios de la Iglesia (Col 1,24-28), recuerda que con los dolores y sacrificios de todos los cristianos ofrecidos en la Misa completamos lo que falta a los padecimientos de Cristo, haciendo que Él sufra en nuestras naturalezas humanas para así completar la obra de la Redención.

Así pues, Él ha querido actuar mediante nosotros, mediante nuestro dolor. Frente ello muchas mentes y corazones burgueses reclaman que no habría necesidad del sacrificio en la Cruz para operar la redención. Afirman que, si Dios puede todo, pudo redimirnos “con una sonrisa”. Pensamiento para más absurdo y mezquino, ya que se ajusta a los “juicios” cómodos de los hombres, pero no a los de Dios. Si hubiera operado esta “redención” incruenta y pacífica desde arriba, desde el mero arbitrio de Dios, se habría cometido violencia e injusticia. Dios tiene que satisfacer la Justicia que Él encarna y no puede violar nuestra libertad. Por ello prefiere Su inmolación como verdadero acto de misericordia. Lo que esconde esta “teología” dulzona y condescendiente es una aversión total al sacrificio y un profundo egoísmo. Esto en vista que es necesario que todos los seguidores de Cristo reproduzcamos esa absoluta avidez de sacrificio del Maestro, aquella que es necesaria para operar la Redención en nuestros días. La semilla del Reino fue plantada con su Holocausto, y fructifica silentemente, como la semilla de mostaza, en cada uno de los dolores de los cristianos; aquellos quienes tienen la Cruz como bandera para escándalo de los demás.

Así pues, la obligación del cristiano es apetecer el dolor sacrificial y ofrecerlo junto a Cristo. Sólo así se ganarán almas para la Vida Eterna. Lamentablemente esta visión es repugnada profundamente por cierto cristianismo actual, moldeado por el espíritu burgués de la comodidad y la extendida civilización del confort. La radical diferencia entre el mundo moderno y el cristiano estriba en su noción del dolor. Los ilustrados franceses y empiristas ingleses –padres de nuestro tiempo– afirmaban que el primer mandamiento del ser humano es “ser feliz cuanto se pueda”. Locke, Rousseau, Hume, Stuart Mill repetirán que la única felicidad verdadera estriba en satisfacer nuestros apetitos naturales y expandir nuestra personalidad. Evitar el dolor y multiplicar el placer individual será el nuevo credo que tendrá por absurda esa visión cristiana ávida de sacrificio, que, en palabras de Hegel, alcanzaba su plenitud en la conciencia y socialización de los dolores de la humanidad.

Es bueno recordar, como afirmaba el beato Carlos de Foucault, que felicidad y cruces no nos faltarán jamás. El aceptar gustosamente la cruz de la vida cotidiana es hacerse uno con Cristo. Sin embargo, hay que tener presentes a aquellas almas extraordinarias que Dios ha suscitado –como Rosa, Martín y Juan Macías– que codiciaron las cruces para saciar a Cristo y ensanchar su Reino. No escatimaron mortificaciones como cilicios y disciplinas para agregarlos a la pasión voluntaria de nuestro Señor. El pensar en ellos nos ayudará a distinguir entre la santidad ordinaria y la extraordinaria, y a gustar de la última.

No nos engañemos, que al cielo sólo se va por la cruz. La actitud verdadera y radicalmente cristiana es hacer aquella penitencia que reclamaba la Santísima Virgen en sus últimas apariciones. Una silente y humilde mortificación, a la manera de los pastorcitos de Fátima, será un testimonio valiente y una opción transgresora frente a la voz unísona del mundo contemporáneo que gime: ¡Placer! Paradójicamente, aquellos que rehuirán al dolor serán los que más lo habrán de sufrir, pues éste los acosa con su sinsentido.

Pretender ser cristiano y no gustar del dolor es pretender, a su vez, instrumentalizar a Dios. Hablamos de sentirse salvado por “no trasgredir el bien” y “ser de alguna ayuda a los demás”, pero rechazando el colaborar con Él haciéndose a Su dolor. “El sacrificio de Cristo en la cruz basta, mi conciencia tranquila es suficiente”– repiten.  Se trata de un comportamiento farisaico que es el sedimento del cristianismo burgués. Aquel que olvida que el “Amor no es amado” y que le debemos nuestra –pequeña– oblación para tener algo que ver en su Reino.   

*MurilloEl retorno del hijo pródigo, Washington D. C., National Gallery of Art.