lunes, 25 de mayo de 2020

China contemporánea en los ojos del cine.


China contemporánea en los ojos del cine.
El séptimo arte nos acerca a la historia del gigante asiático.



Desde los últimos dos meses China nos ha merecido más atención que de costumbre. Primero fueron las señales de alarma sobre un virus que apareció en el lejano Wuhan. Luego, cuando todos comenzábamos a preocuparnos, escuchamos en todos los medios las recetas orientales para manejar la epidemia (las que se hicieron oficiales por obra y gracia de la OMS), a la vez que algunas promesas con respecto a una temprana vacuna.  Cuando el COVID-19 ya se irguió como una amenaza planetaria, China fue «tendencia» una vez más cuando a los más poderosos gobiernos mundiales reclamaron al gigante sobre su responsabilidad en la «creación» o propagación del virus, en una escalada de la tensión global. Últimamente estamos también pendiente de ella, cuando escuchamos cómo países del tercer mundo –como el Perú– vienen extendiendo las manos a los jerarcas chinos en busca de asesoramiento, donaciones y un buen proveedor de pruebas, medicamentos e implementos médicos (que las más de las veces se adquieren mediante contratos oscuros y por encima del precio de mercado). Parece que vamos a escuchar de China más a menudo, y por buen tiempo. Por eso vale la pena saber un poco más de la historia de esta nación milenaria, sobre todo de los cambios que sufrió en el pasado siglo XX. Propongo por ello una lista de películas que nos ayudará a conocer un poco más a ese país tan deslumbrante como misterioso.   

Contratos desiguales y guerras del opio.
La historia reciente de China es una historia de injusticias y de decadencia. El otrora «Imperio Celestial» que deslumbrara a los europeos y que se mantuvo en pie por milenios, caería como un coloso de pies de barro bajo la expansión imperialista europea del s. XIX. En 1820, cuando nuestra nación recién se independizaba, China fue inundada por el opio producido en la India británica. Mercaderes ingleses se hacían millonarios a costa de miles de personas reducidas a la adicción. El emperador decidió tomar cartas en el asunto, y en 1839 hizo efectiva una serie de edictos prohibiendo el contrabando de esta sustancia. Esto no gustó a los ingleses quienes, bajo diversas excusas, declararon la guerra a China, sometiéndola rápidamente. La conclusión fue que el comercio el opio se incrementó, destruyendo la mente y la libertad de miles de chinos, además que se debió ceder la isla de Hong Kong a Gran Bretaña. Esta guerra está muy bien descrita por la película china The opium war (1997).

Sin embargo, esto sólo fue el inicio del fin. A la primera Guerra del Opio, le seguiría la segunda, en 1856, en la que se sumaron los franceses. Pronto varias partes de China estarían bajo el dominio extranjero, dónde se llevaba a cabo un comercio desventajoso para los chinos. El imperio no podía hacer frente al abuso europeo, y cayó en desprestigio. Las ideas soberanistas harían eco entonces en la juventud china. En 1900 una sociedad secreta que practicaba artes marciales como el Kung Fu proyectó un levantamiento contra los extranjeros. Se trataba de la «Sociedad de la justicia y la concordia». Sus miembros exaltaban el pensamiento tradicional chino a la vez que rechazaban con violencia todas las ideas occidentales. Pronto iniciaron ataques contra embajadas, misioneros y comerciantes. Finalmente, la propia dinastía Qing se implicaría en la lucha, desencadenando una guerra abierta contra todas las potencias occidentales, llamada Guerra de los boxers (boxeadores). Denominación dada por los ingleses a los miembros de la sociedad quienes utilizaron las artes marciales en la lucha, a falta de armas. El clásico film 55 días en Pekín (1963) de Nicolas Ray versa sobre este levantamiento, desde una particular visión supremacista europea. 

El fin de un imperio
Las sucesivas derrotas de la dinastía Qing, pérdidas territoriales y la firma de vergonzosos tratados comerciales arruinaron la imagen del emperador. Esto, sumado a la irrupción de ideas occidentales como el nacionalismo y el republicanismo moderno, llevaron a la debacle del Imperio Celestial. En 1912, un jovencísimo emperador llamado Pu-Yi, quien ascendió al trono con tan sólo dos años, sería depuesto por la naciente República China. Este personaje será sobre el que versará la magnífica película de Bernardo Bertolucci, El último emperador (1987), ganadora de 9 oscars, incluyendo mejor película.

El artífice intelectual de la primera República China fue el médico Sun Yat Sen. Desde los Estados Unidos lideraría un movimiento –el Kuomintang– que terminaría llevando a cabo una rebelión en 1911 en la ciudad de Nankín. Ella dio lugar a la primera República China. Luego de triunfar el levantamiento, el país se sumiría en el caos. Solo el suroeste del país estaría bajo el gobierno de la república recién proclamada. El resto del país estaría bajo las órdenes de jefes militares que, actuando como reyezuelos, sometían a la población a su voluntad. Después de la caída del Imperio Celeste, la anarquía, la anomia, el caos se posaría sobre China durante casi cuatro décadas. La épica revolución de Sut Yat Sen es objeto de una película propagandística y conmemorativa del gobierno chino, puesto que la actual República Popular se reclama heredera de esa revolución. Hablamos de 1911 (2011), protagonizada por Jackie Chan y Jet Li.

El caos y la invasión.
El periodo que va desde el fin del imperio hasta la subida al poder de Mao, está marcado por la confusión y la muerte. Una serie de caudillos lucharán por hacerse con el poder. Algunos de ellos, como Yuan Shikai, terminarían convirtiéndose en un caudillo militar o «señor de la guerra», presidente de la república, y finalmente, como fugaz emperador. El Kuomintang, es decir el partido republicano que quería modernizar y occidentalizar China, seguía teniendo las preferencias entre la opinión pública internacional, pero no pudo consolidar su poder ni su imagen ante el pueblo chino. De entre este desconcierto surgirían dos figuras (ambos antiguos miembros del Kuomintang): Chan Kai Shek y Mao Tse Tung. El primero, lideraría el Kuomintang y fungiría de presidente de la endeble República de China. El segundo se haría un nombre en el Partido Comunista Chino, que empezaba a hacerse un espacio político en la escena. Sin embargo, la rivalidad de ambos tuvo un cuarto intermedio cuando, en 1937, Japón invadió a China.  

La invasión japonesa de China, o Segunda Guerra Sino-japonesa es uno de los episodios más dramáticos de la historia del siglo XX. En el curso de la contienda que terminaría con la derrota de los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, se llevaron a cabo violaciones masivas, asesinatos a civiles, hambrunas planificadas, experimentación biológica y química con seres humanos, esclavismo y genocidio contra la población china. Son muchas las películas que se insertan en este infausto acontecimiento. Considero imperdibles: Las flores de la guerra (2011), de Zhang Yimou, que da cuenta de la violencia sexual que se desencadenó en el conflicto; John Rabe (2009), producción alemana que describe la actuación de John Rabe –industrial alemán y miembro del partido nazi– quien salvara la vida de cientos de chinos durante la ocupación de Nankín; y sobre todo Nanjing, Nanjing! (2009) y No hay amor más grande (1959). La primera es considerada como «La lista de Schindler de oriente» por la similitud que guarda con la aclamada película de Steven Spielberg en cuanto su temática, enfoque cinematográfico, y especialmente, por su calidad. A pesar de ello, fue duramente criticada por grupos políticos japoneses por su descarnada visión del genocidio. La segunda es la primera parte de la genial trilogía del también genial director japones Masaki Kobayashi, uno de los más grandes junto con Kurosawa, Ichikawa, Ozu y Mizoguchi.      

El “nuevo imperio”
El fin de la invasión japonesa coincidió con el reinicio de las hostilidades entre Chan Kai Shek (nacionalistas) y Mao Tse Tung (comunistas). A pesar del apoyo brindado por Estados Unidos a Chan, en los albores de la Guerra Fría, Mao se haría del apoyo popular aprovechando el apoyo de la URSS y el desprestigio de una república liberal cada vez más corrupta, burocrática, ineficiente e injusta. Asimismo, la tradición política china hacía natural la transición hacia un nuevo tipo de poder omnímodo, similar al que ejerció el imperio por milenios. No era extraño que un planteamiento totalitario y a la vez colectivista como el de Mao tuviera éxito, además de presentarse como una «opción moderna» que podía hacer frente a los poderes occidentales que estaban oprimiendo China hacía décadas.  Dos son las películas que pueden ayudarnos a comprender los inicios y el auge de Mao. Ambas son dos películas de propaganda, subvencionadas por el gobierno chino, de gran producción y que tienen como actores a grandes estrellas como Jackie Chan y Jet Li. Se trata de La fundación de un partido (2011) y La fundación de una república (2009). Éxitos de taquilla en su país de origen y grandes apologéticos del «Gran Timonel Mao», aún símbolo del régimen.

Justamente, siendo que China aún mantiene el régimen de partido único y no ha sufrido una suerte de «desestalinización» o perestroika como en la exURSS, aún es imposible criticar a Mao. Esta es la razón por la que no existen películas sobre el más grande genocidio operado en toda la historia de la humanidad. Hablamos del «Gran Salto Adelante». Sueño de Mao Tse Tung, pesadilla de China. Este proyecto consistió en la industrialización de China a marchas forzadas. Incluyó –como lo hiciera, a su vez Stalin– la muerte por hambre de los disidentes políticos, desafectos al régimen y otros grupos indeseables al poder. Con la venta del arroz que se confiscaba a los campesinos se pretendió comprar hidroeléctricas y fábricas, ídolos del progreso comunista. Las reformas de Mao también implicaron la destrucción de la vida privada (se prohibieron hasta las cocinas familiares), los roles tradicionales (se obligó a las mujeres a vestirse de hombre y trabajar en las mismas labores y durante las mismas horas) y de los vínculos comunitarios ancestrales. Inclusive, de manera inaudita, Mao decretó «la guerra contra los gorriones». Estas aves según Mao –tal como los terratenientes, burgueses y capitalistas– le robaban el arroz al pueblo. Se exterminaron todos los gorriones en China, y esto provocó una plaga de insectos (que eran la verdadera comida de los gorriones) que causó a su vez tremendas pérdidas en la agricultura. El experimento social costó treinta y tres millones de personas en tres años. Se han documentado, en el periodo, muchísimos casos de esclavismo, servidumbre sexual y hasta antropofagia.

La guerra cultural    
El desastre del Gran Salto Adelante hizo que la imagen de Mao se desprestigiara en el seno el partido. Sin embargo, era muy famoso entre los jóvenes que habían crecido venerándolo como un dios. Hábilmente, Mao lanzó una campaña llamada «florezcan mil flores» y llamó a los intelectuales y a los miembros del partido a criticar su gestión. Luego de que se intensificaran y se hicieran públicas las críticas, Mao desencadenó la llamada «Revolución Cultural». Llamó a las juventudes del partido (guardias rojos), y apoyado por el ala izquierdista del partido y el ejército desató una purga contra los disidentes. Así reforzó su posición proclamando la cruzada contra los «4 viejos»: Viejas Costumbres, Vieja Cultura, Viejos Hábitos y Viejas Ideas. Esto implicó la destrucción del milenario patrimonio cultural chino. De inmediato templos y tumbas fueron saqueadas y destruidas (incluida la de Confucio), la ópera tradicional china se prohibió y se occidentalizó –Mao diría «se proletarizó»– a la fuerza a China. Esto sin contar los 20 millones de muertos que, por ejecuciones o linchamientos, perecieron de 1966 a 1978. 

El cine chino se ha ocupado con acierto de la llamada Revolución Cultural, aunque cuidándose de revelar su faceta genocida. Son imperdibles las películas de los renombrados cineastas de la denominada «quinta generación» como Chen Kaige y su Adiós a mi concubina (1993), Tian Zhuangzhuang y La cometa azul (1993), y Zhang Yimou con Vivir (1994) y Regresando a casa (2014).

Vale la pena señalar que, mientras en China el pueblo sufría matanzas y hambrunas, en un occidente cada vez más decadente se encumbraba la figura de Mao. Por ejemplo, el maoísmo fue una fuerte influencia en el Mayo del 68’ francés, quien preconizaba la libertad total tomando el nombre de una de las dictaduras más feroces que han existido. Para más señas ver La chinoise (1967) de Jean-Luc Godard, o Dreamers (2003) de Bertolucci. El delirio de los soñadores se convierte en la guadaña que ciega la cabeza de los inocentes.   

Finalmente, la Revolución Cultural de Mao se detuvo cuando el ala más ortodoxa (izquierdista) del partido perdió el poder. La «banda de los cuatro», capitaneada por Jian Qing, la viuda de Mao, fue defenestrada por Deng Xiapong y su grupo. Él propuso una apertura al libre comercio, y a las libertades de vida privada. Desde su mandato hasta hoy China ha experimentado un despegue económico inusitado, aunque las libertades de conciencia y civiles siguen recortadas. Tan sólo en un lugar en el mundo se llevó a cabo una campaña contra el régimen de Deng Xiapong. Este lugar fue el Perú. Sendero Luminoso, fiel seguidor de Mao y nostálgico de sus métodos, ahorcó siete perros en postes del centro de Lima, en cuyo cuello colgaba un rótulo que decía «Deng Xiapong, hijo de perra».


jueves, 2 de enero de 2020

La inocencia y el sacrificio en la Navidad, Marcelino Pan y Vino


La inocencia y el sacrificio en la Navidad: Marcelino Pan y Vino, de Ladislao Wajda
Ladislao Wajda (1954) Marcelino Pan y vino. Chamartín. España. 90 min. 



Transcurrieron tan solo un par de días de haber conocido a mi amigo Fernando, cuando él me confesó –con firmeza a la vez que con ingenua alegría– que poseía un excelente seguro de vida. Es así cómo advertí que Fernando era verdaderamente un católico. Digo esto, remitiéndome a san Pablo, al sostener que todo buen cristiano está atravesado por dos profundas y encontradas preocupaciones: permanecer en la tierra para el bien de los suyos, y partir confiadamente al encuentro del Señor. Esta paradoja –una de tantas que ocupan la vida del cristiano– es abordada por un hermosa película, otrora un clásico navideño que debiera rescatarse. Nos referimos a «Marcelino, pan y vino» (1954), producción española dirigida por el húngaro Ladislao Wajda.

La película
La cinta, basada en la novela homónima de José María Sánchez Silva, a la vez recrea una vieja historia perpetuada por la tradición oral europea y retomada por los hermanos Grimm. Ésta inicia en un pueblo castellano en ruinas después de la invasión napoleónica (algo que aludirá a las ruinas que otra ofensiva anticlerical, la Guerra Civil, habían dejado recientemente en España). Allí, unos frailes franciscanos levantarían de los escombros un convento. Tiempo después en sus puertas sería abandonado un huérfano al que llamarían Marcelino y al que criarían con especial celo y cuidado. Marcelino viviría una infancia típica entre el cariño de los religiosos, sin embargo el anhelo por ver a su madre lo llevaría a experimentar la melancolía. En una de sus travesuras encontraría la imagen de un crucificado en un desván, con quien iniciaría una amistad. Ante sus ojos de niño el Señor se manifestaba cariñoso y sufriente. Marcelino, apiadado por Él, robaría comida y trataría de confortarlo con todo lo que estaba a su alcance.  Jesús, agradecido le prometió darle un regalo, Marcelino escogió ir al cielo para ver a su mamá.

Marcelino, pan y vino rápidamente se convirtió en un éxito de taquilla y a la fecha es una de las películas más exitosas del cine español. Las excelentes actuaciones, su guion y la soberbia dirección artística de Wajda la hacen una pieza de sencilla pero penetrante belleza. Tal como la novela de Sánchez Silva, es clara y austera pero rezuma en ella una profunda ternura. Algo digno de ser resaltado en tiempos en que lo empalagoso y sensiblero usurpa tal nombre. Además de varios premios españoles –y a pesar de su particular temática– la cinta fue elogiada y premiada en los festivales de Berlín y Cannes.

¿Una película navideña?
Como lo manifestó S.S. Benedicto XVI en 2006 «En la atmósfera de la alegría de la Navidad, no parece fuera de lugar la referencia al martirio de san Esteban (26 de diciembre). En efecto, sobre el pesebre de Belén ya reposa la sombra de la Cruz». «Ahora lo vemos en pañales en el pesebre; después de su crucifixión, será nuevamente envuelto con vendas y colocado en un sepulcro –dirá el Santo Padre, en 2007–. No es casualidad que la iconografía navideña represente a veces al Niño divino recién nacido recostado en un pequeño sarcófago, para indicar que el Redentor nace para morir, nace para dar su vida como rescate por todos». El Papa Francisco lo señaló de manera más contundente en 2013: la fiesta del primer mártir se fijaría apropiadamente un día después de las fiestas «para disolver una imagen dulzona y de cuento de hadas de la Navidad, que es ajena al Evangelio».

Más allá de lo dicho por los pontífices, y lamentablemente, la Navidad actualmente hace eco a la cultura dominante. Salvo en contados hogares, ella es una fiesta de consumo, de tinte infantil y de sacralización bobalicona de la alegría (gozo muchas veces forzado, como comentamos en un artículo publicado en enero de éste año). Y es por ello que en estos tiempos proponer a Marcelino, pan y vino como una «película de navidad» puede considerarse chocante o extravagante. De hecho ésta película –en otros tiempos tan vista por grandes y chicos, y convertida en un clásico del cine católico– hoy puede ser estimada como «inapropiada» para los niños al tocar el tema –tan profundo como misterioso– del sacrificio de los inocentes. Es decir, de aquellas incontables víctimas que se suman a la ofrenda por excelencia del inocente por excelencia: la Pasión de Jesucristo. 

Un clásico… a pesar de todo.
Sin embargo, como ya se ha dicho, años atrás esta película era constitutiva de una cultura católica hispana muy arraigada. Incluso se da el caso de intelectuales «progresistas» que, luego de despotricar contra el «catolicismo franquista» de los 50’, admiten la admiración que profesaron –y que en parte aún profesan– a Marcelino, pan y vino. Cinta que marcó la educación sentimental de su infancia y película a la que, muy convenientemente, excluyen del sambenito de pertenecer al índice de películas de «propaganda oficial».

Uno de esos intelectuales, periodista español, declararía que siendo niño y habiéndose perdido en las montañas cerca a su pueblo, recordando pasajes de la película se representó y adquirió conciencia de su segura y pronta muerte. Más allá de atemorizarle, con profunda seriedad y algo de curiosidad por el más allá, se dispuso a vivirla tal como lo hiciera Marcelino. Afortunadamente, un lugareño lo encontraría y salvaría del peligro. Esta anécdota ilustra como una particular conciencia de la muerte –de índole cristiana– había germinado en los niños españoles. Una visión que, lejos de complacerse en lo macabro o reprimir nuestro natural rechazo al deceso, lograba cierta fortaleza ante lo inevitable y se abría a la esperanza.  

A pesar de los años, el éxito de la película le ha valido tres cuatro nuevas versiones, aunque la original es indiscutiblemente superior a sus posteriores adaptaciones. La primera será la italiana Marcellino pane e vino (1991), del director Luigi Comencini. En el 2000 se rodaría una versión animada y el 2001 se estrenó una miniserie española bajo el mismo título. Finalmente, a finales del 2010, se grabó en México una versión de la cinta ambientada en la Revolución Mexicana. Veámosla, con ojos de niño, en familia y junto al pesebre de casa.