martes, 10 de noviembre de 2015

Elogio de la Tradición: Fiesta Transnacional: 20 Años Después

Elogio de la Tradición: Fiesta Transnacional: 20 Años Después, de Wilton Martínez. 
Martínez, Wilton (2012) Fiesta Transnacional: 20 Años Después. Centro de Antropología Visual del Perú. Perú / EEUU. 60 min.



«Tradición» es uno de aquellos luminosos términos que, por el denso significado que encierra, muchas veces resulta incomprensible y oscuro para el que lo trata de asir o sondear. Devendrá luego en una noción que es fundamental y a la vez imposible, tal como si uno quedara ciego tratando de ver directamente al sol de cada día. Hablar de ella merecerá echar mano del juego de espejos –unos opacos y otros más diáfanos– pero que en suma reflejarán en su pequeño ser los destellos de algo superior.  El Hombre y la Tradición son, pues, análogos e insustituibles entre sí para poder acercarnos a un término como a otro. El trabajo etnográfico constituirá entonces una de las más apropiadas maneras para apropiarse de la Tradición en un sentido más universal, a partir de las costumbres locales y particulares de un grupo humano definido   –algo a lo que los romanos llamaban mores, y que aluden a las tradiciones (con minúscula).

«Pinta tu aldea, y pintarás al mundo» señalaba Tolstoi, y lo hacía bien. Es menester, por ello, adentrarnos en el conjunto de manifestaciones culturales que amalgaman e identifican a cada uno de nuestros pueblos para allegarnos más a la tan deseada identidad regional o nacional. La Modernidad, que como apisonadora desde el S. XVII viene propiciando la estandarización del hombre –y su correspondiente degeneración– en virtud a sistemas de pensamiento hegemónicos  e impermeables, y a una cultura reproductora de Hombres-masa; ha erosionado las particularidades locales sustentadas en principios globales (como en la época de la Cristiandad medieval), por una masificación de las peculiares manifestaciones de una región en base de la negación de cualquier noción universalista (V.gr. Cultura de masas y lógica de consumo).   

Es en este contexto que podemos aprovechar «Fiesta Trasnacional: 20 años después», film que ha recogido más de 500 minutos de material de estudio antropológico, realizado por el Centro de Antropología Visual del Perú. En él asistimos a la organización y desarrollo de la Fiesta de la Virgen del Carmen en Cabanaconde, organizada por la comunidad de emigrantes residentes en Maryland Estados Unidos. La familia Quispe Abril regresa, veinte años después, a devotarse en la fiesta retornando a los orígenes. Utilizando la técnica de la Observación Participante, el interlocutor se reduce a la máxima expresión para dar la voz a los propios asistentes de la fiesta, quienes nos hacen partícipes de sus anhelos, temores y alegrías. «Fiesta Trasnacional: 20 años después» es la secuela de «Fiesta Trasnacional» grabada en el 1991, en plena época de caos terrorista y económico, en la que Teodocio y Julia –patriarcas de los Quispe Abril– regresarían a Cabanaconde para participar de la mencionada fiesta.

La cinta constituye, luego, un riquísimo documento que puede ser abordado desde diversas perspectivas y puede responder, a la vez que postular, muchas preguntas. En ella se observan todos los contrastes y la complejidad de la realidad: las discusiones y enfrentamiento entre los recién venidos y los residentes; entre las generaciones que componen a las familias Quispe y Abril, e incluso al discurso de los protagonistas a lo largo del tiempo (1991 – 2011). El ejercicio de poder mediante la representación simbólica (capas de colores, varas, candelas, procesiones, toros) se prestará también para el análisis histórico y las correspondencias o pervivencias de estas costumbres con las procesiones barrocas del S. XVI y la organización del espacio americano en dos Repúblicas. Finalmente, la importancia de la cinta también reside en el diálogo que inicia con los espectadores, cuestionando tácitamente su identidad y sus raíces. Es por esto que, tal como manifestaron los productores, la cinta ha tenido una especial repercusión en el ambiente arequipeño –en donde la redefinición de la identidad es un tema capital y vigente– en los numerosos espacios públicos en que fue expuesto.

Vale la pena destacar, además, la pertinencia del manejo cinematográfico, que sin ser reducido a la simple grabación de acontecimientos, reduce su contenido estético a lo mínimo indispensable para no deformar la verdad científica mediante cualquier artilugio retórico. Esto en contraste con excelentes cintas que como «Sigo Siendo» (2013) han definido más su discurso, restándole amplitud, mediante un soberbio manejo de la fotografía y el escenario. En este caso «Fiesta Trasnacional: 20 años después» fructifica en pertinencia lo que siembra en austeridad.


Una importante producción y un excelente testimonio. Está disponible en Red. «Fiesta Trasnacional: 20 años después» vale la pena ser vista y comentada. Esperamos que los gestores culturales nos concedan, una vez más, un espacio de difusión de la cinta; en especial en espacios descentralizados en los alrededores de la ciudad. Su debate quizás merecerá otra película.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Cuestión de honor: Los duelistas

Cuestión de honor: Los duelistas, de Ridley Scott
Ridley Scott: The Duellist, David Puttnam, EEUU, 1977. 120 min.



Acaba de pasar un aniversario más de Arequipa, y las reflexiones sobre la identidad y el genio de la ciudad están a la vuelta de la esquina: algo justo y necesario. Entre muchas cosas que conforman el complejo carácter del vecino arequipeño una destaca entre las demás por lo lejana que resulta a la sensibilidad moderna, y que resalta a todas luces prestándose algunas veces a la incomprensión, motejando a los habitantes de estas tierras como orgullosos, y llevándosele hasta la caricatura. Hablamos pues del Honor.

«Arequipa ciudad de dones, pendones y muchachos sin calzones» reza el dicho, y lo dice bien. Hablamos de una ciudad donde el sentido del honor entre sus vecinos estaba por encima de la condición (o de la carencia) económica. Así pues, en esa línea, una historia relatada por el Duque de Frías en su «Deleite de la discreción y la fácil escuela de la agudeza» resulta muy particular: «En Arequipa, ciudad de gran pobreza en el Perú, y de tal vanidad de sus vecinos […] Sucedió que llegando a apearse en la posada cierto religioso grave, vio un mozuelo hecho andrajos, díjole: –Há mancebo, tenme este estribo. Respondióle enfurecido: –Há Padre, sabe que habla con N. de tal, y de tal?, arrojándole millones de apellidos. A lo que dijo el religioso: –Pues señor don fulano de tal, y tal, y tal, vuestra merced vístase como se llame o llámese como se vista».

El Honor es un valor casi incomprensible en la sociedad burguesa en la que vivimos, en la cual todas las relaciones humanas están signadas por el dinero y la comodidad a ultranza. Para muestra un botón: las afrentas que antaño sólo se lavaban con sangre (aunque sea un chorrito) ahora se solucionan con cuatro centavos previo engorroso litigio. Y es que desde la legislación, hasta el sereno semblante del «hombre masa» que reproduce esta sociedad a montones, se opone a cualquier otra solución. Existirá pues un film, que además de sus cualidades técnicas y artísticas, reflejará de manera sin par esta condición que el Antiguo Régimen heredó –y aún hereda– a nuestra patria chica a pesar de los influjos liberales.  

A finales del XVIII en las fronteras francesas dos tenientes de la caballería napoleónica, Gabriel Feraud (Harvey Keitel) y Armand d'Hubert (Keith Carradine) se verán envueltos en un duelo luego de una –aparentemente inexistente– disputa. Feraud, vencido en este primer duelo, y malherido aunque no fatalmente lastimado buscará la revancha de manera obsesiva. Sólo la guerra –intermitente más siempre presente– contendrá el deseo de limpiar el deshonor con el sable. Un segundo duelo será casi fatal para d’Hubert, quién, a su vez libre de la muerte, se enfrascará en terminar el asunto. Una serie de enfrentamientos de los dos célebres duelistas a lo largo de su carrera militar y política, y al margen o evidentemente enfrentados con sus intereses familiares y militares, signarán el tenor de la cinta, delineando lentamente un boceto de las complejas personalidades de ambos soldados y haciendo un retrato fiel de la época y de sus convenciones.

“Los duelistas (1977)” es la ópera prima de Ridley Scott, quien se haría famoso por “Blade Runner (1979)” y “Alien, el octavo pasajero (1982)”. En ella el director norteamericano nos regala una deliciosa cinematografía que, acompañada por una cuidada ambientación y vestuario, y que gracias a las excelentes actuaciones de Keitel y Carradine compondrán un verdadero cuadro de época. Acudiendo a las obras pictóricas más importantes de aquel tiempo, la psicología de los personajes será fielmente reflejada por los ambientes y texturas en las que se desarrolla la trama y que –tan sólo comparables a magníficas cintas como “Barry Lyndon (1975)” de Stanley Kubrick– serán exquisitamente retratadas por su cámara, brindándonos un panorama completo de ese período.      


Los duelistas resulta un film altamente recomendable, ya sea por su intensa trama y lo complejo –a la vez que emocionante– de sus personajes, como por la hechura de la obra en sí, que resulta todo un espectáculo a nuestros ojos. Acercarnos a ella, quizás será, entrever algo de nosotros mismo que perdura de aquellos tiempos de valentía, elegancia y compromiso con los ideales. 

martes, 25 de agosto de 2015

Arqueología del deseo: Los zapatos rojos

Arqueología del deseo: Los zapatos rojos, de Michael Powell
Michael Powell y Emeric Pressburger: The red shoes, Reino Unido, 1948. 136 min.



Si «Conocer, es conocer las causas» como decía Aristóteles, algunos artefactos artísticos serán más adecuados que otros para examinar la condición humana. El cine, expresión por excelencia de nuestro tiempo, reactualizará aquellas obras que han conseguido el epítome de “clásicas” por reflejar más nítidamente aquello que es el ser humano, siempre, y para siempre. «Los zapatos rojos», una magistral cinta británica del año 48’ es un hermoso ejemplo de la actualidad de ciertos relatos.

Quizás, antes de dormir, muchos de nosotros hemos escuchado alguna de esas historias que ya no se cuentan más a los niños, tal vez por contener “finales no tan felices”, y que en la actualidad son convenientemente edulcorados por Disney –muy al gusto del espíritu burgués de la comodidad, imperante en nuestros tiempos– ya desde hace un buen tiempo. Relatos como los de Hans Christian Andersen en los que el acento moralizante se bebía con la leche materna, evidenciando un mundo que trasciende las fronteras de la autosatisfacción. Un cuento en particular –Los zapatos rojos– ha venido cautivando la imaginación de grandes y pequeños (especialmente de los primeros) por décadas. En la breve historia –cuya lectura, más rica que la aquí expuesta, se recomienda– una niña abandonará a su anciana benefactora por hacer lo imposible por hacerse de un hermoso par de zapatos de baile. Luego de bailar con ellos se percatará que los pies ya no le respondían, obedeciendo únicamente a los zapatos mágicos que le ordenaban danzar para siempre. Exhausta y abatida, será expulsada del cementerio donde se sepultaba a su benefactora, por no poder contener su alegre baile sobre las tumbas mientras se celebraban las exequias. Sola y abandonada, la niña rogará a un verdugo que le ampute sus dos piernas para, al fin, conseguir algo de paz. Inválida, pero serena, se dedicará a las más humildes tareas del hogar hasta la redención final que le llegará con la muerte.

Hablamos de un verdadero “Pequeño tratado del deseo” digno de Epicuro y del más renombrado de los estoicos. Uno que lo describe como una fuente infinita e insaciable (los zapatos rojos), que desatada por una vanidad (la de la niña) que no pudo ser contenida por las convenciones sociales (las recomendaciones de su ama), y que tan sólo traerá dolor y ruina (a quien lo ejerce y a los demás) y que sólo podrá sujeto al ser removido de cuajo con todo el dolor que eso implica («el verdugo»). Amén de estas líneas muchos detalles de la historia –como aquel que presenta a los mutilados pies de la niña danzando en la puerta de la Iglesia, como representación del remordimiento– nos brindarán un exquisito panorama de lo que es el hombre en esencia, más allá de las culturas y los tiempos.

Una obra clásica no concluye nunca, sólo se continúa reescribiendo hasta el cansancio. Así pues, en la post-guerra, la hermosa –e implacable– historia de los zapatos rojos será traducida a los tiempos modernos. En el film, Victoria Page (Moira Shearer), una bailarina de ballet amateur atraerá la atención del más grande productor de ballet del momento: Boris Lermontov (Anton Walbrook). El azar y su dedicación absoluta a la danza harán que Lermontov apueste por ella. Su debut como prima ballerina será en una obra muy especial: “Los zapatos rojos”: los viejos zapatos de Andersen, pues, se trastocarán en escarlatas zapatillas de ballet en la cinta. Luego, e inevitablemente, llegará la tragedia. Victoria deberá decidir entre entregarse totalmente a su deseo –el ballet– o al amor y el matrimonio con un joven compositor.

«The red shoes» es una extraordinaria película, ganadora del Oscar a mejor música y a mejor dirección artística, y que contó con la participación de dos –también extraordinarios– bailarines en roles secundarios, los rusos Ludmilla Tcherina y Leonide Massine. Indiscutiblemente, las secuencias de baile serán las más memorables y reforzarán el juego de espejos de la película, es decir el diálogo entre la historia de Andersen y la de Michael Powell, su director. Una delicia para el oído, la vista y el intelecto. Luego de disfrutarla valdría la pena hacer un pequeño contrapunto con la reciente ganadora del Oscar «El cisne negro» (2010).

martes, 2 de junio de 2015

De cuando Tornatore conoció a Fellini: Todos están bien.

De cuando Tornatore conoció a Fellini: Todos están bien, de Giuseppe Tornatore
Giuseppe Tornatore: Stanno tutti bene, Erre Produzioni - Les Films Ariane, Italia, 1990. 118 min.



Hablar de pasiones exige pasión, y estas líneas están referidas a los dos directores –nacidos en Italia– más queridos para el que las escribe. Traducir en ellas algo más que la devoción y gratitud profesada hacia estos dos íconos de la cinematografía es quizás una tarea imposible. Sin embargo, invitar al lector a disfrutar de este film hará las veces de un necesario homenaje. Así pues, en “Todos estamos bien” podremos apreciar lo mejor del estilo del gigante de Rímini –Federico Fellini– y del más importante director siciliano de todos los tiempos: Giuseppe Tornatore.

Conocido por su obra maestra: “Cinema Paradiso” (1987) –dirigida y escrita con tan sólo 31 años, y que constituye a decir de muchos el más emotivo y bello homenaje que ha producido el cine sobre sí mismo–, Tornatore es considerado como una de las figuras más importantes del actual cine europeo, como atestigua su más reciente película, la laureada “La mejor oferta” (2013), protagonizada por  Geoffrey Rush y Donald Sutherland. Genio del melodrama, destila una exquisita ternura cada una de sus cintas, haciéndonos cómplices de los más íntimos sucesos de su propia vida. Artífice de una filmografía esencialmente autobiográfica, se convertirá también en un vehemente cronista de su natal Sicilia, buscando retratar en sus películas el alma misma de su pueblo. Humana, profundamente humana, es la única definición que cabe para la obra de Tornatore; aquella que desborda humor, dolor y nostalgia como nadie antes había retratado.

Entre sus obras más representativas podemos citar a “Il Camorrista” (1986), poderosa descripción de la mafia napolitana y ópera prima del realizador; “El hombre de las estrellas” (1995); “Malena” (2000) y “Baaria” (2008), en las que vuelve una vez más la vista a Sicilia uniendo magistralmente el melodrama y la épica; y “La leyenda de 1900” (1998), exquisita producción ítalo-americana que viene siendo una de las mejores películas de la pasada década en dicho país.   

No obstante existe una cinta muy particular en su corta –pero sustanciosa– filmografía; una película que manteniendo su particular vena nostálgica mantendrá un singular contrapunto con la obra de un genio del cine mundial: Federico Fellini. Así pues, en “Stanno tutti bene”, la fantasía y el desborde onírico tan propio de éste director encontrará cabida en la emotiva senda que Tornatore nos ha venido trazando. Las coloridas imágenes y fantasiosas situaciones –presentadas a la vez por un extraordinario e inusual manejo de fotografía– serán incorporadas al film, en directo diálogo con films memorables como “8 y ½” (1963) y “La dolce vita” (1960). Algo más: el actor felliniano por excelencia, Marcello Mastroianni (algunos años más viejo), será el protagonista y el alma de una historia en la que el ensueño –esa buena conocida de Fellini– tendrá un lugar preponderante.

Están todos bien” da cuenta de la historia de Matteo Scuro, un funcionario público jubilado que, viéndose alejado de la compañía de sus hijos abandonará el hogar familiar en Sicilia en su busca, para ir por las ciudades más representativas de la península. Así pues, tras las huellas de su familia recorrerá Nápoles, Roma, Florencia, Milán y Turín, con el propósito de visitar a aquellos que, supuestamente, ocupaban los más destacados puestos políticos, artísticos y musicales de la nación. Como será evidente, el orgulloso padre deberá sufrir el desencanto, para luego –y echando mano de una buena dosis de humor– adaptarse a la vida retirada y oscura de los ancianos.


Están todos bien” ha merecido una versión norteamericana protagonizada por Robert de Niro: “Everybody's Fine” (2009); versión que sin ser mala pierde mucho al ser “traducida” a la sensibilidad estadounidense. Y es que el ethos de un pueblo es intraducible, y debe beberse de la fuente misma de su ser: su lengua, su arte, su particular pasión.    

martes, 21 de abril de 2015

Entre el cine y la agenda: El código Enigma

Entre el cine y la agenda: El código Enigma, de Morten Tyldum
Morten Tyldum: The Imitation Game. Black Bear Pictures, Bristol Automotive. RU, USA. 2014. 113 min.



No existe –ni de lejos– arte inocuo. Muchas veces la ideología, los intereses y la política empapan el écran con su particular perspectiva haciendo del celuloide algo más que un simple pasquín. No obstante no hay que pecar de injustos. Obras maestras de la propaganda han sido y serán obras maestras incluso del arte en general, más allá de la nefasta ideología que pudieran sostener. Así pues, nadie podrá negar los méritos estéticos de Leni Riefenstahl, cineasta favorita del régimen nazi, y directora de cintas tan importantes como “El triunfo de la voluntad” (1935) u “Olimpia” (1938); de igual forma ningún film ha sido tan odiado por su contenido, como a la vez alabado por sus logros técnicos como “El nacimiento de una nación” (1915), la mayor apología que hasta la fecha se ha rodado sobre el racismo y sobre el Ku Kux Klan en particular; finalmente, una de las más bellas películas jamás realizadas no hubiera podido existir sin que la propaganda soviética le hubiese dado a luz: “Acorazado Potenkim” (1925).  Sin embargo, una golondrina no hace verano, y de las toneladas de carretes rodados con fines proselitistas tan sólo unos cuantos rollos debieran ser salvados del fuego enmudecedor. En fin, el arte –y aún más, el cine: arte de masas por excelencia– puede y se ha prestado al juego perverso de hacer sublime lo más vil. El cine será pues, como tan bien ha graficado Tarantino en “Bastardos sin gloria” (2009) un arma de las más peligrosas.

El año pasado la agenda ideológica –tan necesaria de tener en cuenta justamente por lo encubierta que está– dio la pauta con una serie de cintas basadas en una serie de eslóganes. ¿Y qué es un eslogan?, valdría la pena preguntar: es una idea, frase u opinión sin sustento, o basada en un aparente pero defectuoso razonamiento, y que por su arrastre mediático mantiene la apariencia de verdad incontrovertible o de evidencia palpable. Es, en fin, el dogma de estos tiempos signados por el marketing y demás disciplinas del condicionamiento conductual. Cada día nos enfrentamos a miles de eslóganes y a los medios que los reproducen. A veces los resistimos con algo de suerte, otras tantas sucumbimos y tragamos el anzuelo, repetiendo de paporreta el discurso prefabricado que ponen en nuestros labios. El 2014, en particular, la industria cinematográfica norteamericana ha hecho alarde de estos bien aceitados mecanismos. Además de cintas de evidente contenido propagandístico a favor de la minoría negra y de los derechos civiles como “Selma” (2014); y del nacionalismo republicano más ferviente en el caso de “El Francotirador” (2014) –películas que, por otro lado, atenuaron su carga ideológica mediante su buen desempeño artístico– dos cintas candidatas al premio a Mejor Película sacaron a relucir viejos estereotipos sobre la supuesta irreprochabilidad ética de los científicos, sólo por poseer el carácter de tales. Nos referimos a “La teoría del todo” (2014) y a “El código Enigma” (2014).     

A pesar de las diferencias que median entre ambos films, un común denominador o ‘leiv motiv’ permanecerá subyacente en la trama de cada una de las dos obras. Eso es lo que precisamente llamamos “el discurso”, es decir el soporte ideológico o la moraleja que pretende proyectar cada película sin que podamos siquiera advertirlo. En las dos cintas observamos como tres elementos se configuran en una suerte de “trinidad” de ideas dispares, pero por acción de la técnica cinematográfica parecerán que mantienen una esencial relación: Nos referimos a ‘la investigación científica, ‘la libertad’ y ‘la bondad’. Así pues según “El código Enigma”, Alan Turing, un eximio matemático altamente obsesivo, presuntuoso, prepotente, prejuicioso y muchas veces cruel será elevado a la categoría de santo  simplemente por el hecho de ser un destacado científico, haber ensanchado las fronteras de la técnica, y en último caso y de manera indirecta –he ahí el truco– haber contribuido al fin de la Segunda Guerra Mundial. Vemos pues, según el derrotero de la película, cómo una persona puede ser considerada ética por criterios no-éticos. En “La teoría del todo”, por su parte, ocurrirá algo similar: Stephen Hawking, a pesar de haber llevado una vida inmoral para el común de las personas (adúltero, prepotente, manipulador, y tan egocéntrico y egoísta como Turing) será automáticamente librado de toda culpa simplemente porque el demiurgo cinematográfico y su particular lógica entenderá –y reproducirá– que cualquier hombre consagrado al conocimiento técnico se encuentra por encima del bien y el mal, sus decisiones serán las únicas libres por estar por encima de cualquier creencia que no sea la científica, y que por lo tanto se encontrará en una posición superior a la de cualquier hombre u ética convencional. La última escena –además de ridícula– puede dar cuenta de la precariedad de este razonamiento: los hijos abandonados por Hawking luego de involucrarse y dejarlos para vivir con su enfermera; su propia ex esposa abandonada por aquel déspota – tal como ella misma lo llamaría en su autobiografía– luego de haber sacrificado los mejores años de su vida por él; y la nueva pareja de su antigua mujer y buen amigo de Hawking, irán de la mano y muy felices a recibir el premio que la reina de Inglaterra le otorgaría por sus logros científicos; todo en una secuencia de paz y afabilidad celestial que será la envidia de cualquier familia convencional.

Más allá de lo evidentemente tendencioso de estas dos producciones y de sus manifiestas falacias, cabe rescatar otro hecho. Mediante ambas cintas se ha querido apuntalar en los espectadores la idea de una supuesta incompatibilidad esencial entre el espíritu científico, a quienes los directores presentan como siempre libres, críticos y espontáneos, y la existencia de una moral universal o creencia religiosa. Basta ver los ejemplos de los científicos que han sido abordados por cada una de las cintas: Hawkings, el ateo arquetípico y más mediático de la comunidad científica; y Turing, oscuro y contradictorio científico, canonizado en estos últimos tiempos por los sectores liberales dada su supuesta tendencia homosexual. Así pues, ni por casualidad se ha pretendido abordar la vida de reconocidos científicos creyentes o militantes como el Monseñor Georges Lemaître, quien postuló la teoría del Big Bang, Blaise Pascal, Louis Pasteur, Guillermo Marconi, entre muchos otros.

La agenda y el cine, una vez más se darán la mano mediante la producción de obras que mediante la eficacia formal y visual –Deus ex machina– pretenden validar ciertas ideas o posturas morales mediante el sentimentalismo; ideas que, por otra parte, se desplomarían ante la primera prueba que les hiciera la razón. Lamentablemente, una imagen vale más que mil palabras –o buenas razones– y una vez más estaremos ante el peligro de la incubación de eslóganes.

Curiosamente, y ya en el plano formal, dos cosas también distinguirán a ambas cintas: su calidad residirá únicamente en la acertada interpretación de sus protagonistas –Benedict Cumberbatch haciendo las veces de Turing; y de Eddie Redmayne, más tarde ganador del Oscar, como Hawking–; además de la mediocre producción y pobre dirección artística o histórica que poseen ambas películas.


martes, 24 de marzo de 2015

Mi favorita del Oscar: Whiplash

Mi favorita del Oscar: Whiplash, de Damien Chazelle
Damien Chazelle: Whiplash. Blumhouse Productions; Bold Films; Right of Way Films. USA. 2014. 106 min.



“De gustibus non est disputandum” (sobre gustos no se disputa) señaló alguna vez el gran Cicerón. Y en estos caóticos tiempos de gustos y colores esta divisa ha relajado –en gran manera– mis particulares expectativas sobre casi todo lo referente al arte, y especial sobre los innumerables concursos artísticos en el ámbito local, nacional e internacional; sujetos muchos de ellos a sorprendentes o misteriosos cánones. Paradójicamente, resultará inevitable que siempre estemos más pendientes de los premios más reconocidos internacionalmente –sea por su prestigio, mérito o arrastre mediático. Así pues, y a pesar de nosotros mismos, el máximo galardón otorgado por la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas se convertirá en un referente obligado para cualquier entusiasta del séptimo arte. Sin embargo relajar no es suprimir, y será también inevitable juzgar las cintas que han conseguido el dichoso premio. Es necesario entonces que por estos meses que siguen a la premiación dedicaremos horas de tertulias y cavilaciones y quizás unas cuantas líneas, empecinadas a sondear y rebatir a los propios jurados –honorables miembros de la Academia– y a sus particulares criterios de elección. Una inútil a la vez que gustosa tarea.  

Las decepciones que los Oscar’s han suscitado en la última década fueron grandes. Vimos como films ganadores al Oscar a Mejor Película merecieron la estatuilla más por presión ideológica (“Doce años de esclavitud” 2013), disposición del mercado (“Argo” 2012), o por las particulares preferencias de los caciques del medio (“Chicago” 2002) que por sus cualidades artísticas. Este año fue la excepción. “Birdman” (2014) es un film que sin ser brillante se diferencia notablemente de las últimas películas premiadas en cuanto calidad. Cintas que, como ya hemos dicho, basaban su éxito en un discurso complaciente y políticamente correcto, o una complejidad textual y visual nimia tan adecuada al gusto masivo; en fin, aquel gusto que hace ganar millones. Si bien la mencionada “Birdman” nos ofrece una historia poco convencional y atractiva, tanto en el plano visual como en la historia que desarrolla, ella –según el juicio de este humilde servidor- no será la mejor película en habla inglesa del 2014.

Andrew es un entusiasta estudiante de primer año en uno de los conservatorios más renombrados de Nueva York. Inspirado por los grandes del Jazz, y en especial por el legendario Buddy Rich, buscará llegar emular a sus ídolos en la ejecución de la batería. A cargo de la escuela Shaffer está Fletcher (J.K. Simmons), un eximio jazzista y un meticuloso maestro en busca de perfección. Un día encontrará a Andrew practicando su solo de batería cuando todos habían abandonado las aulas. Fletcher promoverá, quizás caprichosamente, a Andrew a los grupos superiores que él personalmente dirigía. Pronto, la admiración y agradecimiento del joven estudiante por la “única oportunidad” que se le dio, se convertiría en odio y dolor. La brutal pedagogía de Fletcher empujará a los estudiantes, y en especial a Andrew, a una carrera frenética y tóxica por la genialidad.

“Wiplash” nos ofrece una historia sencilla pero de una potencia impensable. Un relato que, gracias al buen manejo de su joven director, pone en palestra la soberbia actuación de Simmons (ganador del Globo de oro, Sundance, del BAFTA y finalmente del Oscar), la música y sonido (que también merecieron la estatuilla dorada) y una cinematografía y edición que hacen una delicia de este film, de principio a fin.

Originalmente pensada como un cortometraje, luego de ser exhibida ante la crítica y los productores más importantes del medio, el film encantaría a los primeros y motivaría a los últimos a invertir la módica suma de 3.3 millones de dolares para llevar a cabo un proyecto de mayor duración. Su joven director y guionista, Damien Chazelle, con tan solo 31 años y un largometraje a cuestas, se ha convertido en la revelación del año pasado. Nominado al Oscar por mejor guoinista, y ganador al premio de mejor nuevo director en el Festival Internacional de Cine de Valladolid, se convierte junto con el veterano actor J.K. Simmons, en protagonistas en la justa cinematográfica del pasado 22 de febrero.

La relación alumno–profesor ha merecido cintas paradigmáticas que han abordado el tema desde los más variados ámbitos. Desde la archiconocida –e infelizmente emulada por una generación de docentes– “Sociedad de los poetas muertos” (1989), cuyo protagonista –muerto a estas alturas también– encarnó a John Keating, devenido luego en un ícono de un modelo liberal que acometió contra sí mismo hasta las últimas consecuencias; hasta la mordaz y altamente recomendable “El maestro de la verdad” (2011), dura crítica del colapsado sistema norteamericano de educación pública en la persona de un profesor de literatura suplente encarnado por Adrien Brody; la profesión de educador ha sido abordada desde diversos y contradictorios ángulos: inclusión social, libertad y creatividad, sexualidad y sentimentalidad, y finalmente éxito y perfección. Es en este punto que, erigiéndose en un anti John Keating,  Simmons trae a la vida a un profesor muy adecuado a estos tiempos que borrará de un plumazo aquella sonrisita depresiva que embarcó a una serie de jóvenes sedientos de perfección al fracaso, forjando un modelo de sacrificio total por la belleza en la que la empatía no tiene cabida. 

Dinámica, electrizante, apasionada: eso es “Wiplash”. Film imperdible para este año que comienza en perfecta afinación, a pesar que los odiosos expertos de la Academia den la nota discordante.


jueves, 22 de enero de 2015

Anatomía de la pasión: 500 días con ella

Anatomía de la pasión: 500 días con ella, de Marc Webb
Marc Webb: 500 days of summer, Fox Searchlight Pictures, EEUU, 2009. 95 min.




“Estas enamorado del amor” me dijo alguna vez mi madre en la adolescencia, como lo habría podido decir cualquier madre a cualquier muchacho de mi edad. Y en verdad el amor narcisista de las dieciocho –más o menos– primaveras, es como una gripe estacional: fácil de diagnosticar y se cura con el tiempo. Una dolencia del alma que no sólo ha sido merecida ser descrita desde el mito del célebre narciso. Otros hermosos relatos griegos han repasado con profundidad sus causas y azares. Una de ellas, muy famosa y afín también al mito del “enamorado de sí mismo”, es la de Cupido y Psique. Tópico usual en la literatura de la antigüedad y popularizada por el latino Apuleyo en su inmortal “Asno de oro”.

Según la leyenda, Psique, la más hermosa entre las mortales, sufrirá los celos de la diosa Venus. Ella incitará a su hijo Cupido para que la enamore del ser más abyecto de la tierra. Cupido, cautivado a su vez por la belleza de Psique, no sólo desobedecerá a su madre sino también la desposará en secreto bajo la condición de no revelar nunca su identidad. Psique, con el tiempo se enamorará también de la sombra de Cupido; de ese desconocido amante que la acompañó todas las noches en su lecho y quién incluso la hizo madre. Sin embargo, el destino es inefable, y las hermanas de Psique, intuyendo su fortuna y envenenadas por la envidia, le tenderán trampas y engaños a fin que rompa su juramento y devele la identidad de su marido traicionando así su feliz y estable amor conyugal. Justo cuando Cupido le concedería la inmortalidad y develaría su apariencia completa, ella dejará por propia voluntad de ser la dichosa esposa de una sombra para convertirse en una mendiga de la pasión: Escondiendo una lámpara en el lecho para contemplar al dios mientras dormía, y quedando estupefacta al revelársele con quién compartía su cama cada noche, ella quemaría su cuerpo celestial con el aceite encendido y se heriría con las flechas de su esposo al tratar de huir, quedando así enamorada -apasionada- por siempre de un amor imposible. Así pues ella, la “enamorada del amor” trocará el amor verdadero que los años y la paciencia le concedieron, por un amor de fantasía que sólo la consumirá a ella hasta el dolor; un amor más falso que cuando amaba sólo a una sombra. Psique se convertirá pues en el arquetipo de los hombres y mujeres a quienes la pasión los consume producto de su desconfianza y egoísmo.

Hoy en día, tiempos del “Amor líquido y descartable” como diría el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, la fábula de Psique y Cupido está más vigente que nunca. La pasión y toda su mentira ha ganado terreno al amor –o por lo menos a la noción de un amor– nacido del esfuerzo, el tiempo y el sacrificio. No nos engañemos, todo lo rápido –fast food, lavanderías express, banca virtual– es más prestigioso que lo pausado y trabajoso. Luego, la pasión, ese chispazo –o “clic” según Tula Rodríguez– que no se entiende muy bien que es y que desaparecerá con la misma presteza con que se inició, gustará más que el institucional matrimonio o el “vínculo” que significan los hijos. Es en esta línea que Webb nos ofrece un relato atractivo y entretenido: 500 días con ella.

Summer (verano, en inglés) será la causa de la pasión de Tom, un joven arquitecto que esperaba con ansias el “amor verdadero”. Summer a su vez será una descreída del amor y sólo buscará divertirse y “encenderse” con Tom. Él lógicamente terminará enamorándose de la imagen de Summer, sin posibilidad de establecer un vínculo real con ella. El amor falso –la pasión– será el hierro que marque la vida de Tom, llevándolo hasta la depresión y la pérdida de su empleo. Pero como dice el dicho: “luego de cada verano viene el otoño”, y un recuperado –y más sabio– rehará su vida con una nueva muchacha: Autumn.

martes, 6 de enero de 2015

Dios es una alucinación sonora: Todas las mañanas del mundo

Dios es una alucinación sonora: Todas las mañanas del mundo, de Alain Corneau
Alain Corneau: Tous les matins du monde. Bac Films, Francia, 1991. 114 min.




Si los pitagóricos creían en la música de las esferas celestes y Emil Cioran decía que Dios era una alucinación sonora, sólo una película podría resumir todas las pretensiones metafísicas del oficio de Euterpe: “Todas las mañanas del mundo” (1991), de Alain Corneau. Una hermosa pieza del séptimo arte que se adentra en la vida de Monsieur de Sainte-Colombe y de su célebre discípulo Marin Marais, ambos eximios músicos franceses del periodo barroco.  

A pesar que de Sainte-Colombe se desconoce prácticamente todo –excepto que fue el viologambista más importante de su época y el introductor de la “séptima cuerda” en dicho instrumento– Corneau lo presentará como un jansenista alejado de las seducciones del mundo y sumido en su arte. Luego de la muerte de su esposa, su melancólica condición se agravaría hasta la misantropía. Instalado en una covacha a las afueras de sus posesiones, y abandonando por completo a sus dos hijas, dedicaría todas las mañanas del mundo a componer música capaz de “resucitar a los muertos” a fin de ver a su amada esposa. Tiempo después, un joven ejecutor de viola da gamba –Marin Marais– enterado de su renombre, buscaría luego convertirse en discípulo del huraño compositor. Él lo rechazaría luego de trabar con él una curiosa relación, forjada en ardorosas disputas y extasiadas –a la vez que extasiantes– charlas sobre la naturaleza misma de la música y la belleza. A pesar de todo, años después y en la cima de su fama, Marin reconocería en el viejo Sainte-Colombe a su único maestro, a pesar que no le fuera enseñado por él ni una sola técnica, ni acaso una nota para engalanar su instrumento.    

El malogrado amor no podrá sustraerse a la trama. La hija mayor de Sainte-Colombe, también dotada viologambista, se ocupará de entrenar a Marais secretamente. Ella ocultaría su amor a su discípulo, quién le prometería corresponderle a su tiempo. El desenlace es obvio: él la abandona por convertirse en músico de la corte del Rey Sol, y ella opta por una solución definitiva. La tragedia y el patetismo solo serán atenuados –a la vez que sublimados– por la belleza de la música que envuelve el film, y que todos los protagonistas persiguen desesperadamente cada uno de particular manera.

La cinta es protagonizada por Gerard Depardieu en el papel del viejo Marin Marais, y por su hijo Guillaume Depardieu (desaparecido tempranamente en un accidente de motocicleta) encarnando al joven discípulo. La notable dirección de Corneau, célebre en ese entonces por “Nocturne Indien” (1989) y “Fort Saganne” (1984), amalgamará magistralmente una deliciosa fotografía que recuerda lo mejor del barroco pictórico por sus tonalidades y claroscuros, con la soberbia banda sonora ejecutada por el catalán Jordi Savall. Así pues, uno de los más grandes intérpretes de un género para iniciados, hará el deleite de todos los espectadores ejecutando el repertorio de Sainte-Colombe, Marais, Couperin y Lully, en instrumentos hoy casi extintos como el clave, laúd, fagot, flauta, y –claro está– la viola de gamba.

Amén de todo lo antes dicho, y más allá de la armoniosa conjunción de todos sus detalles, una sola es la característica que hace notable a este film: el guión. Los deliciosos diálogos que tendrán lugar ante nosotros sólo podrán sobrecogernos. Y más allá de lo incomprensibles y oscuros que parezcan, ellos constituirán coloquios precisos para una época de claroscuros y de cavilaciones de aire místico como los del Siglo XVII. La poesía, luego, empapará todas las secuencias haciendo de cada uno de parlamentos piezas de alto valor lírico, con la justa dosis de hermetismo que les corresponde.


Junto con  la clásica “Amadeus” (1984)  de Milos Forman, “Amada Inmortal” (1994) e “Impromptu” (1991), Todas las mañanas constituye una de las más recordadas cintas del drama biográfico en el ámbito musical; películas que abordarán la vida de Sainte-Colombe, Mozart, Beethoven y Chopin, respectivamente. Una película excepcional, fundamental para todos los amantes de la música selecta y para los que no lo son.  Perla rara y deslumbrante, atractiva en su disparidad,  tal y como entendía Severo Sarduy al origen mismo de la palabra “barroco”.    

Lista: Las mejores películas del 2014




Muchas de ellas nominadas a los premios de la Academia, casi todas desaparecidas de nuestras carteleras. Las mejores películas de este 2014 que se nos va –salvo mejor entender– nos hablan de films más “sueltos” que los del año pasado; 2013 en el que películas de profunda trama –muchas veces fallida– dieron la nota. A pesar de esto, podemos mencionar pocas películas sobresalientes. Esperemos que el 2015 sea más fructífero.

1.  INTERESTELLAR (Christopher Nolan / SciFi): Las últimas teorías de la física apoyarán esta épica del espacio. Un derroche visual sirve de marco para escudriñar los deseos más profundos de la humanidad con respecto a sus límites.

2.  BIRDMAN (Alejandro González Iñárritu / Comedia): Birdman: Humor negro de alta calidad. Michael Keaton, Edward Norton, Naomi Watts, entre otros, representarán la vida de un actor en caída que buscará recuperar a su familia, carrera y su identidad. Dirigida por Alejandro González Iñárritu.

3. PURO VICIO (Paul Thomas Anderson / Comedia): Oscura  y brillante. Durante los 70’ un detective estará tras la pista de una ex novia, y de paso de él mismo.

4. LOS JUEGOS DE LA IMITACIÓN (Morten Tyldun / Suspenso): Describe la hazaña del matemático y lógico inglés, Irving Turing, célebre desencriptador de la máquina “Enigma” alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

5. CORAZONES DE ACERO (David Ayer / Bélica). Otra de guerra. Bratt Pitt será el líder de un tanque Sherman en la Segunda Guerra Mundial. Las insulsas angustias “metafísicas” de los personajes serán bien matizadas por logradas escenas bélicas.

6. BOYHOOD (Richard Linklater / Drama): La más aclamada del año. Filmada durante trece años seguidos, contará la historia de Mason, un pequeñuelo que va encontrando finalmente su identidad.  

7. BAJO LA MISMA ESTRELLA (Josh Boon / Drama): Tierna. Dos jóvenes se enamorarán luego de conocerse en un grupo de apoyo a pacientes de cáncer. Indagar la vida a través de los ojos del amor.

8. EL GRAN HOTEL BUDAPEST (West Anderson / Fantasía): Uno de los últimos desvaríos de Wes Anderson. La historia del auge y decadencia de un Gran Hotel, y de sus curiosos habitantes. El ensueño y fantasía atraviesan uno de los periodos más oscuros de la humanidad.

9. LIFE ITSELF (Steve James / Documental): Film documental que explora la vida de Roger Ebert, renombrado crítico de cine norteamericano. Producida por Scorsesse. El cine visto por el cine.


10. VIEJOS AMIGOS ( Fernando Villarán / Comedia): Película nacional digna de destacar, quizás aún más por contraste. Villarán apuesta por una voz íntima y sutil, y nos lleva por un viaje lleno de humor en las vidas de tres octogenarios magistralmente caracterizados por Gassols, Victoria y Blume. Hay luz al final del túnel.