jueves, 30 de diciembre de 2021

«No hay nadie como él»: Petrarca sobre Dante.

«No hay nadie como él»: Petrarca sobre Dante[1].

 


Para Platón, la amistad es la forma más excelsa de amor entre los hombres. Nace de la admiración, es decir de la contemplación y complacencia en las virtudes del Otro, aquellas que si bien son limitadas en cualquier ser humano, remiten al Bien absoluto: objeto final de nuestra inteligencia. La amistad también implica, como lo definió con maestría el santo cardenal John Henry Newman, un cor a cor loquitor: un diálogo constante y sublime entre los corazones. Este diálogo, tan caro entre los grandes sabios de la antigüedad, se prolongó más allá del tiempo y espacio en la Edad Media, y se cultivó in absentia mediante la ficción literaria en esta época. El fruto más grande de este diálogo entre las almas más sublimes de todas las edades será la Comedia dantesca; composición mediante la cual el gran Dante Alighieri perpetuó una amistad imposible con sus grandes referentes, comenzando por Virgilio.

La admiración y la búsqueda de referentes clásicos será, pues, el sello del llamado Renacimiento Italiano de los ss. XV y XVI; movimiento que tuvo como precursores a los grandes toscanos: Dante Alighieri, Francesco Petrarca y Giovanni Bocaccio. El legado literario de estas tres cumbres de la literatura universal es, a la vez, una seguidilla de homenajes y un diálogo fecundo con su tradición y con los maestros que los precedieron. No obstante, su admiración no estuvo dirigida únicamente a esas mentes extintas y separadas de ellos por siglos de historia. No, los tres grandes italianos reconocieron, agradecieron y cultivaron una fecunda amistad con sus contemporáneos, y también entre ellos. Sus obras, cartas y encuentros dan testimonio de ello. Estas breves líneas, escritas en homenaje al gran Dante por los 700 años de su muerte, versarán sobre la relación que mantuvo Petrarca con el gran poeta florentino.

 

Dante y Petrarca, una vieja historia.

Francesco Petrarca nació en Arezzo en 1304, casi 40 años después de Dante, sin embargo, casi desde su nacimiento estuvo ligado a él. El padre de Petrarca, Pietro de Parenzo –apodado Petracco–, fue un notario florentino amigo de Dante y güelfo blanco como él. A ambos los uniría la amistad y el infortunio político. Al igual que Dante, a Petracco le esperaría el destierro en Arezzo por parte de los güelfos negros. Es allí donde nacería Petrarca y viviría brevemente, para luego trasladarse a Aviñón cuando su padre alcanzó un cargo de funcionario papal. Será en la cosmopolita Aviñón –la “Babilonia” de su época, tal como Petrarca la llamó– en la que él conoció a su amada Laura, musa absoluta de su pluma. No obstante su condición de aretino y de la infancia y juventud vivida en Aviñón, Petrarca siempre se consideró un florentino como Dante. Ello a pesar que recién conoció aquella ciudad en sus años adultos, en 1348, y vivió desligado de las conjuras políticas de las comunas italianas que obsesionaron a Dante y a su padre. Así pues, el cosmopolita Petrarca (tan cosmopolita como la Aviñón que criticaba tan ácidamente) hizo de Florencia un lugar mítico de origen, su espacio simbólico de identidad.

A diferencia de la intensa relación con Bocaccio, quien a decir de Billanovich se consideró su más grande admirador y mayor discípulo, y que cultivó desde 1350 hasta el fin de sus días, Petrarca conoció a Dante fundamentalmente por la memoria familiar y sus lecturas. Solo lo vio por única vez en 1311, en Pisa, cuando su padre deambulaba por la Italia meridional luego de su exilio. Este evento ha sido reseñado ampliamente por G. Indizio (2012). Para esa época Dante había cambiado su posición política. Progresivamente se había aproximado al partido imperial después de la ascensión de Enrique VII de Luxemburgo al trono. Apartándose de los güelfos blancos, Dante se integró a los Gibelinos que antes combatió. Sus nuevas ideas más próximas al emperador, pero defendiendo la independencia de la Iglesia, fueron recogidas en su texto De Monarchia. Dante, que soñaba con la restauración del Imperio Romano, fue a Pisa (bastión gibelino en Toscana) a dar encuentro a Enrique, quien había iniciado una expedición a Italia para restaurar la autoridad imperial. En ese año la familia de Petrarca había mudado su domicilio de Arezzo a Pisa. Sería allí, según testimonio del propio Petrarca a Bocaccio, que vio por primera y única vez al gran florentino, cuando tenía 7 años y medio.   

 

Odi et amo, de la admiración a la crítica.

Como lo señalan M. Feo y P. Trovato, la relación de Petrarca frente a Dante fue compleja y no estuvo exenta de crítica, e incluso de cierta envidia.

Petrarca fue escueto en sus halagos hacia Dante, sin embargo, reconoció al gran florentino entre su círculo íntimo, llamándolo de «Guía de nuestro idioma vulgar»[2]. En una carta dirigida a Bocaccio en 1359, testimonió su veneración de esta manera:

«Nunca admiraremos y alabaremos lo bastante a este hombre, a quien la injusticia de sus conciudadanos, ni la pobreza, ni las enemistades personales, ni el amor a su esposa, ni el camino hacia sus hijos fueron capaces de apartarle del camino que él se había trazado, mientras tantos otros de espíritu elevado suelen tener un carácter tan voluble que un simple murmullo es capaz de disuadirlos de su propósito más firme e íntimo. Y esto, precisamente, les suele ocurrir a los que utilizan la pluma, a esos que, además de los pensamientos y las palabras, cuidan también la estructura de las frases, y por tanto necesitan más que otros calma y tranquilidad… Créeme: el estilo y el ingenium de este hombre me fascinan, y todo cuanto se diga de él es poco. A todos cuanto me han pedido pidiéndome una respuesta correcta, les he dicho simplemente: no hay nadie como él. Dante destaca sobre todo por su poesía en lenguaje popular, y raya mucho más alto que en sus composiciones en latín, ya sean en verso o prosa».

 

Por otra parte, y en medio de su obsesiva búsqueda de la perfección formal, Petrarca no escatimó críticas a los cultores del estilnovismo y a Dante en particular. A diferencia de la devoción profesada a los referentes clásicos, especialmente Cicerón, Petrarca se haría famoso por los prejuicios que mantenía contra la cultura de su propia época, a la que no escatimará censuras. En una de sus cartas sentencia: «Entre muchas cosas, me dedique especialmente al conocimiento del mundo antiguo, ya que esta edad presente nunca me gustó, hasta el punto que, si el amor a los míos no me lo impidiera, siempre hubiera deseado nacer en cualquier época y olvidar esta»[3]. Entre las críticas realizadas a sus contemporáneos abundarán las que se refieren a las inexactitudes y mistificaciones de la historia antigua que Petrarca buscaba erradicar mediante su erudición filológica. Dante será blanco de esos reproches al cuestionar, por ejemplo, su interpretación tradicional de Dido, de quien Petrarca rechaza su mítico enlace con Eneas.  

Más allá de la renovación en la forma que desencadenó Petrarca, específicamente él se desligará cada vez más de la perspectiva teológica y teológica de Dante, como lo mencionó con acierto G. Cappelli. Entrambos se puede situar la ruptura entre un humanismo incipiente y progresivamente desligado del cristianismo, y de una cultura medieval que desde el s. XII redescubre lo clásico, y que tiene en la Comedia de Dante  su ápice. Un distanciamiento del paradigma cristiano, a instancias del encumbramiento de los autores paganos, diferenciará pues a Petrarca de un Dante que concilió con acierto tradiciones clásicas a la estructura y visión cristiana del mundo. Esto se verificará en los tópicos, enfatizándose en Petrarca los mundanos y en especial los amorosos, por encima de los teológicos, a pesar de no desecharlos del todo. En una obra en particular denota esta crisis de paradigma que diferencia a Dante y su joven admirador: los Triumphi de Petrarca.

 

Dante, omnipresente en los Triunfos de Petrarca.

Los Triunfos son, después del Cancionero, la obra más importante del poeta aretino. Fueron compuestos al final de su vida, cerca de 1374. En él se expresa la doctrina moral y política de Petrarca, luego de consagrar su vida a la reflexión de la mano de Platón, San Agustín y especialmente Cicerón. En este vasto poema épico se presentan linealmente –no en círculos concéntricos, como hiciera Dante al describir Infierno, Cielo y Purgatorio– la superación alegórica de seis elementos en triunfo. Así pues, el triunfo del amor pasional o Triumphi cupidinis, que llevó a la locura, asesinato y muerte de célebres prosélitos como Marco Antonio y Cleopatra, Aquiles y Medea, y hasta apresó en sus redes al propio Júpiter; es superado por el triunfo de la castidad (Triumphi pudicitie) encarnado por Hipólito, Penélope y Lucrecia, por ejemplo. La castidad será a la vez es vencida por la muerte en triunfo (Triumphi mortis), que con su danza macabra a todos lleva a la tumba; y que a su vez será superada por la fama que lleva a la inmortalidad (Triumphi fame). Finalmente, el tiempo –que provoca el olvido– vencerá a la Fama (Triumphi temporis). Este poderoso elemento solo será vencido por la Eternidad, (Triumphis eternitatis), es decir de la conquista del cielo y el conocimiento de Dios.

Como ha podido advertir cualquiera que esté familiarizado con la divina Comedia, los Triunfos de Petrarca se inspiran y adeudan mucho a la inmortal obra de Dante. De hecho, Petrarca, a pesar de las ya comentadas distancias y la superación que pretende frente a su maestro, homenajea a Dante con sus Triunfos. A pesar de lo dicho, Petrarca –en un absceso de envidia, según algunos– siempre disimuló su conocimiento de la obra de Dante, quizás para no reconocer del todo una deuda tan grande.

La primera influencia de Dante en los Triunfos de Petrarca será formal. El aretino utilizará en su obra el metro dantesco por excelencia: el terceto encadenado. La plasticidad y consistencia que brindará este tipo de verso harán posible que toda la majestuosa estructura verbal de los Triunfos, alcance su sólida brillantez. Sin embargo, este no es el primer y más importante préstamo. Petrarca estructura su épica teniendo como base a la Comedia dantesca. Así pues, toda la acción narrativa de los Triunfos tiene semejanza a la utilizada por Dante en su Comedia. La estructura de apurados diálogos con espectrales personajes de los Triunfos tiene un fuerte sabor de la inmortal obra del Dante.

Si nos atenemos tan solo a la introducción que hace Dante de la acción en su texto, veremos cómo se hace manifiesta la influencia. La revelación mística de sus tres pecados simbolizados en una pantera, un león y una loba con que Dante inicia su obra (No podría explicar como allí entrara / tan somnoliento como estaba en el instante / en el que el cierto camino abandonara ), tiene un eco claro en los Triunfos. Como en la obra de Dante, ésta presenta a un Petrarca en duermevela, ya no in terzza parte de sua vita…, pero más bien cansado de llorar sobre la hierba / vencido, una gran luz vi, por el sueño / con mucho dolor dentro y placer breve. En él, se realiza de manera análoga una transición de la realidad a un estadio sobrenatural, en medio de un transitar vital errado y sumergido en el dolor.

Asimismo, si el épico viaje de Dante tuvo como fin encontrar a su amada Beatriz, Petrarca situará a la virtud de Laura como el motor de todo su texto; siendo ella la que triunfará sobre la pasión sexual, sobre la muerte gracias a su fama, y finalmente frente al olvido al haber logrado con su puro amor la Eternidad. La figura del guía se repetirá también en sus Triunfos y, a la manera de Virgilio, Petrarca será acompañado por su amigo Senuccio dal Bene, quien esclavo del amor sensual lo iniciará en los secretos de los sucesivos cortejos. 

Finalmente, muchos pasajes son claramente análogos a secuencias de la Comedia. Podemos citar la estrecha similitud que guarda el diálogo que Petrarca sostiene con Masinisa y Sofonisba (TC, II), trágicas figuras amorosas del contexto de las guerras púnicas, y la célebre plática que sostuvo Dante con Paolo y Francesca de Rímini en el círculo de la lujuria.  

Las diferencias, por otro lado, radican en la ya mentada visión del mundo que separa a Dante y Petrarca (y que luego distanciará la Cristiandad y la Modernidad). Éstas se hacen patentes en el cielo propuesto por Petrarca, uno de orden más bien estilístico que teológico. A diferencia de la paz perpetua que describe Dante al ilustrar la visión beatífica en su obra, en la “eternidad” petraquista aún se siente la tensión amorosa por Laura; aquella que, incidiendo en lo sentimental y subjetivo (a pesar de él mismo y de las doctrinas de los maestros de la gentilidad) empaña su tentativa de subordinar su Yo amante a lo Absoluto. Como lo señala Cappelli (2003):

La Beatriz dantesca se funde, se difumina en la contemplación de la Divinidad que todo lo llena, Petrarca se aferra a la tan condenable esperanza de que en el cielo se le devolverán las cosas que no quiere perder en la tierra, y especialmente podrá volver a verla a ella [Laura]: ¡Feliz la losa que su rostro cubre! / Que, después de volver a su belleza, si fue dichoso quien a vio en la tierra, / ¿Qué no ha de ser verla allá en el cielo? (66).

Así pues, en Petrarca, no constatamos un relato ascensional y místico, como en la Comedia de Dante; en su obra esta estructura teológica será sustituida por una alegoría moralizada del “sueño” y el “triunfo” más próxima a los arquetipos clásicos, y con una distancia cada vez más marcada de los valores cristianos.  

 

Dante como personaje.

En las líneas precedentes se ha hecho una muy sucinta relación de las correspondencias entre la Comedia de Dante y los Triunfos de Petrarca. Sin embargo, estas son tan numerosas que no caben en más que en las extensas y bien documentadas páginas que los investigadores especializados han escrito al respecto. Más allá de ello, es importante mencionar que el homenaje de Petrarca a Dante no sólo consistió en utilizar su obra como modelo de su obra cumbre, sino en hacerlo un personaje principal de ésta. Como hiciera el florentino con el mantuano Virgilio, Petrarca pone a Dante y a su amada Beatriz a la cabeza del cortejo de los poetas que cantan al amor en el capítulo IV de su Trimphis amoris:

 Así, mirando a un lado y al otro lado, / a gente vi por unos verdes campos / que de amor en romance conversaba: / Venían Dante y Beatriz, Selvaggia / Cino da Pistoia, Guitton de Arezzo / irritado por no marchar delante;

Este lugar primero no es casual, es una declaración de la superioridad de Alighieri sobre cualquier otro poeta romance; aún más, él será representado detrás de los dos más grandes poetas de la Historia: Homero y Virgilio, a quienes sigue “mano a mano”.

 

Conclusión

Los propios testimonios del gran aretino nos han dejado constancia de la intensa relación mantenida con su predecesor: Dante. Sin poder esconderlo, y más allá de su ánimo renovador y crítico, y una ocasional envidia por temor a su gigantesca sombra, en Petrarca anidó una sincera admiración por Alighieri. Su emulación es patente testimonio de ello. Él fue, en un siglo de decadencia según sus mismas palabras, faro e inspiración. Es más, Dante devino para el aretino en uno de aquellos modelos universales que veía en Catulo, Ovidio y Horacio. Algo fuera de todo precedente y que debió desconcertar al propio Petrarca, adicto de la Roma inmortal, de allí su actitud ambigua a veces y siempre compleja. Más allá de las complejas personalidades de ambos, sus ideales y el tiempo que les tocó vivir, es necesario recordar siempre que entrambos floreció esa amistad sin precedentes que unió generaciones en la suprema contemplación de la Belleza.

Bibliografía

Indizio, Giuseppe (2012) «Un episodio della vita di Dante: L'incontro con Francesco Petrarca» En, Italianistica: Rivista di letteratura italiana, Vol. 41, No. 3, pp. 71-80

Cappelli, Guido M. (2003) «Introducción», en Francesco Petrarca, Triunfos. Madrid: Cátedra, pp. 9-74.


[1] Texto leído en la conferencia: “El secreto de Dante: Homenaje a Dante Alighieri a setecientos años de su muerte (1321-2021)” organizada por la Biblioteca Mario Vargas Llosa – Arequipa, el 30 de diciembre de 2021.

[2] (Semilis, IV, 5).

[3] (Posteriate, 6).