lunes, 27 de septiembre de 2021

La Opción Virgilio

 

La opción Virgilio 

(frente a la opción benedictina o la Santiago)




Ante la peculiar celebración de los 200 años de República, bregando entre los muertos, los sicofantas y tiranos (con sombrero de tarro, de chalán o tiara), vinieron a mi mente aquellas bizantinas e ingenuas discusiones que tuviera hace un par de años sobre la “crisis contemporánea”. En los mediáticos medios circulaba una receta para hacer frente a la tempestad. Se trataba de la “Opción benedictina”, impulsada desde los países del norte y con algún eco en nuestras tórridas tierras. Consistía en recluirse en su barrio, dormitorio y cofradía; hacer homescholing; dedicarse al trabajo, oración y estudio del buen Benito y, en las catacumbas, esperar a que caigan las ruinas de una buena vez. Una opción de las más interesantes. Vale. Más pronto que tarde surgió una receta de sabor más “local” para plantar buena cara al desmadre. Se trataba de la hispanísima “Opción Santiago”, que pretendía –como buen gallego valiente y algo tonto– poner lanza en ristre y llevarse por delante a cuanto masón y luciferino encontrara (después de cargarse unos cuantos molinos de viento, claro está). Excelente decisión. Mis parabienes. Sin embargo, como en esto de proponer hay espacio para muchos incautos, me salgo con la mía y afirmo la imperiosa necesidad de tomar en serio la “Opción Virgilio”. Una opción que tiene para todos los gustos: para los que les gusta hacer el tonto y el loco, y a los que no entran en eso de echar margaritas a los cerdos. ¿De qué se trata? Pues de afirmar la Verdad. Afirmar la Verdad de siempre y de todos, aunque nadie la entienda o soporte. Y se trata de gritarla, como Jeremías en Jerusalén. Gritarla tan fuerte que no se escuche, pues los que tienen oídos la oirán.   

Los poetas están radicalmente adelantados y opuestos a su sociedad. Hablamos de los verdaderos, no los coleccionistas de consignas y glosadores de cancioncitas pop que después son contrabandeadas como arte (en mejores épocas hubieran recibido la pena asignada a los monederos falsos o a los prosélitos de cultos bestiales). Estos falsarios, comúnmente son unos burdos idólatras de su propio Yo, decoradito con una imaginería más o menos curiosa. Arribistas del verbo que son los más en estos tiempos (casi son los todos), algo normal cuando campea un obsceno culto a la personalidad, a la propia o a la ajena.

En las antípodas, los poetas –devotos de Orfeo y de Casandra– se excluyen voluntariamente, sabiéndose portadores de una verdad incapaz de ser aprehendida de manera lineal, común o vulgar. Una Verdad que implica una iniciación moral para ser descubierta y que, por tanto, será imposible pro multis. La opción, sin embargo, nunca será callar, pues como el salmista describe, la Verdad equivale a tener un tizón encendido en la garganta. Ante la imposibilidad de comunicar lo que es necesario de ser comunicado, el poeta deforma y violenta el lenguaje y hasta torcer su propio Yo. Esto, para lograr su único objetivo: enunciar aquello que nadie quiere escuchar y todos deben. En sencillo: el poeta es el verdadero ausaider político. Anda, sin fastidio, fuera hasta de la perfecta República de Platón, según instructiva de su propio factor.

En la poesía, pues, la actitud ética radical (que se aparta de la sociedad en pos de la Verdad) es una actitud estética. Y esta actitud a-política es la que, por influencia, empujará a los no-poetas a la consumación de la política en toda su expresión. Así pues, la cualidad y momento fundante de la filosofía –la ironía socrática– nació de una relación de tensión entre Aristófanes y Sócrates, el poeta y el sabio (Leo Strauss dixit). No por nada al final de esa cima del pensamiento occidental que es el Fedón, Sócrates –y Platón– se arrepiente al final de sus días el no haber cultivado la poesía por haber ido tras las huellas de su numen argumentativo.    

Afirmo pues, que estos posesos por Apolo –dios de la Verdad y la Belleza– malditos por él como Casandra, se convertirán en la voz de la deidad a pesar de ellos mismos. Sufrirán, sin embargo, el dulce dolor de conocer lo inefable y de paladear lo divino, para desprecio del profanum vulgum, como diría Horacio. Poetas-Profetas irreverentes como bacantes, fundan una opción, la de preservar su vocación a costa de su sociabilidad, deformando el lenguaje para ser más coherentes con su llamado –lo revelado– aún a costa de su propia identidad y circunstancia.

Un texto, de Hugh Selwyn Mauberley  (una de las máscaras –Personae– del viejo loco E. Pound) es un magnífico ejemplo de la “opción Virgilio”, su verdadera declaración de principios o manifiesto poético. Callar hablando es la opción de quienes afirman más allá de las contingencias, gozan con las palabras hasta disolverlas:

 

ODE POUR L’ÉLECTION DE SON SÉPULCHRE

 

Por tres años, fuera de foco con su época,

se afanó por resucitar el arte muerto

de la poesía; por preservar “lo sublime”

en el sentido de antaño. Errado desde el comienzo…

 

pero no, no del todo, al ver que había nacido

a destiempo en un país semisalvaje;

resuelto a cosechar peras del olmo;

Capaneo; trucha para carnada artificial.

 

(…) La época exigía una imagen

de su mueca acelerada,

algo para el moderno escenario,

no, de ningún modo, una gracia ática;

 

no, por cierto que no, oscuros ensueños

al autoauscultarse;

¡mejor mentiras

que los clásicos en paráfrasis!

 

(…) Todo fluye, dice

el filósofo Heráclito;

pero una baratura

habrá de sobrevivirnos.

 

Hasta la belleza cristiana

deserta, luego de Samotracia;

vemos το Καλόν (lo Bello)

decretado en el mercado.

 

Ni la carnalidad del fauno

ni la visión del santo son para nosotros

La prensa es nuestra hostia;

el sufragio, nuestra circuncisión.

 

Todos, ante la ley, son iguales.

Libres de Pisístrato,

elegimos a un bribón o a un eunuco

para que nos gobierne.

 

Oh, Apolo reluciente

¿a qué dios, hombre o héroe,

την άνδρα, την ήρωα, τίνα θεών

le colocaré una corona de hojalata?

 

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