Hitler y la Navidad
¿Qué puede tener en común Hitler y la Navidad? ¿A qué viene este título? ¿Es acaso pura provocación poner en una misma oración a un genocida consumado y al evento que ha producido mayor alegría en la humanidad? ¿O quizás, con él, se quiera aludir a una crónica de cómo pasaba Hitler la Navidad? ¿La pasaba en el Berghof, su “nido del águila” en los Alpes, o en la Cancillería de Berlín? ¿En esas fechas encendía, como cualquier alemán, el árbol con velas mientras cantaba la canción tradicional austriaca O Tannenbaum? ¿Qué papel tenían Eva Braun y la familia Goebbels en las fiestas? ¿O estas líneas buscan aclarar cuáles fueron las políticas nazis con respecto a esa celebración? ¿Se mantuvo la tradición völkisch (popular-tradicional) de las fiestas o se introdujo el neopaganismo de las élites nacionalsocialistas? ¿Es cierto que se instituyó la celebración del “Solsticio de Invierno” para erradicar la herencia judeocristiana de esa conmemoración? ¿Se transformaron los villancicos que se referían a Jesucristo para aludir al “triunfo de la Patria”?
Ninguna de esas interrogantes será tratada en este breve artículo. Este se
propone un objetivo más difícil: establecer un paralelo, aparentemente
imposible, entre el Salvador del mundo y Hitler, una de las figuras del
Anticristo.
Ríos de tinta han corrido sobre el tristemente célebre pintor austriaco, el
cabo frustrado, el Führer de los mil años. En él se objetiva la fascinación de
todo ser humano por la existencia del mal absoluto. Al hablar de Hitler se ha
enfatizado su faceta psicopática. Su extraña vida social (antisocial, diríamos
mejor) ha confirmado esa tesis. Su relación tóxica con las mujeres también
refleja a un hombre mentalmente enfermo. Su preferencia por jovencitas, como
Henriette —la hija de 17 años de su fotógrafo—, o por Maria Reiter y Geli
Raubal, ambas de 19, muestra un deseo latente de dominio sobre los más débiles
y una tendencia a la pederastia. Su manipulación y mitomanía, por otro lado,
empujaron a sus tres parejas a intentar suicidarse. Maria Reiter intentó
ahorcarse sin éxito en 1927. Geli Raubal, su sobrina, lo consiguió en 1931,
luego de comentar en alguna ocasión: “Mi tío es un monstruo; nadie puede
imaginar lo que exige de mí”. Su última y definitiva pareja fue Eva Braun, con
quien se casó en el búnker de la Cancillería, poco antes de que ambos se
suicidaran ante la derrota inminente del régimen. Sin embargo, Braun intentó
quitarse la vida en dos ocasiones anteriores: en 1932 se disparó al corazón y
en 1935 tomó una sobredosis de pastillas para dormir.
A pesar de los rasgos maniacos de Hitler, una explicación psicológica de su
“reinado del mal” no es suficiente. Su obsesión por los judíos y la
“higienización” de las razas inferiores no era un asunto particular. Él daba
voz a prejuicios populares de hacía siglos, atizados por la derrota y la crisis
económica. Asimismo, presentaba una versión popular y bastante ramplona del
racialismo, la eugenesia y la sociología vigentes en su tiempo. Su prédica y su
estrategia de toma del poder, basadas en criterios socialistas-leninistas,
tampoco fueron originales. Además, no habría logrado lo que hizo sin el apoyo
de colaboradores tan absorbidos por la causa como él, y sin un pueblo alemán
que lo respaldara en las urnas.
Entonces, ¿qué hace distintivo a Hitler y a su depravación? ¿Era un
psicópata cualquiera? No. De ser así, el número de sus víctimas habría sido muy
reducido. ¿Qué lo convirtió en un genocida? ¿Podemos endilgarle a él toda la
responsabilidad de una de las mayores tragedias de la humanidad? Consideramos
que Hitler fue más que una persona; es una figura que concentra el delirio de
una época. Tal como lo describen los biógrafos e investigadores que han
estudiado su figura, Hitler, el monstruo, no fue más que un mesías romántico.
Así pues, en Hitler se conjugan de manera sorprendente las más importantes
corrientes modernas del pensamiento alemán. Él puede evidenciar, por ejemplo,
las máximas nietzscheanas de la voluntad de poder como clave para forjar su
carrera y, luego, intentar dominar el mundo bajo su férula de hierro. Como él
mismo repetía y evidenciaba para los demás, la verdadera grandeza del hombre no
radicaba en la genialidad, sino en una tenacidad a prueba de dudas. Quienes lo
conocieron subrayaron lo electrizante que resultaba una personalidad tan firme
y unas ideas tan obsesivas como las suyas. Buscaba la perfección al
considerarse un superhombre: era vegetariano y muy moderado para comer, y no
permitía chismes ni bromas obscenas en su entorno. Era un puritano. Finalmente,
nunca dejaba mostrar rasgo o gesto alguno que denotara debilidad humana. Por
ello nunca se dejó retratar con gafas.
Este deseo de representar neuróticamente la corrección moral y física
estaba ligado a otra corriente filosófica alemana por excelencia: el
hegelianismo. G. W. Hegel, como Hitler, no solo creía que el Estado era Dios,
sino que un estadio superior de la humanidad no era posible sin la conducción
de un individuo cósmico-histórico que resumiera en sí el devenir de la
historia. Este hombre providencial para el pueblo alemán era el Führer; así lo
creyeron miles de hombres y así se lo hicieron creer sus seguidores a Hitler
(sobre todo Hess, quien tenía formación universitaria), quien terminó
convencido de esta verdad luego de su paso por la cárcel. Así pues, él
confesaba que estaba comprometido con Alemania y que, por eso, no podía ni
siquiera atreverse a casarse o establecer una familia. Por ello también le
diría alguna vez a Hess que “un líder no podía rebajarse a hacer ejercicios
físicos por informales. Siempre he de mantenerme a distancia de mis
seguidores”. Ya en su caída, sin dudar de su condición mesiánica, reclamaría
que el pueblo alemán no estuvo a la altura de su destino y, muy hegelianamente,
le correspondía su castigo.
La exaltación del pueblo fue también una tendencia muy arraigada en la
mentalidad alemana. Feuerbach y hasta Marx (a pesar del propio Hitler) eran
influencias demasiado profundas para poder evitarlas. El Führer, por eso mismo,
no sería más que un apologeta de lo völkisch. Rechazando —e instrumentalizando—
lo aristocrático, Hitler era un convencido y orgulloso plebeyo, amante del arte
de masas y de la cultura popular. Hitler, como sus predecesores, romantizó al
“pueblo”, haciendo de ese difuso concepto el eje de la política, la ética y la
estética. Lo inmaculado no era lo religioso, sino la voluntad e intuición de la
masa.
Finalmente, la base de todo el pensamiento moderno alemán, el romanticismo,
es la piedra de toque para entender a Hitler y sus desvaríos. Y no podría ser
de otra manera. Los padres de “lo alemán”, entendido como fuerza cultural y
unidad lingüística, serán Goethe y Lutero. El primero llevó la lengua germana a
las cumbres de la literatura; el otro, a quien Goethe llamó su “mentor”,
independizó la lengua teutona al traducir la Biblia a ese idioma. Lo romántico,
pues, está enraizado en el espíritu alemán. Hitler lo representó en su versión
más pedestre. Él, recordemos, era, sobre todo, un artista mediocre y frustrado.
Su momento de gloria lo vivió entre la euforia patriótica de la guerra, que le
dio sentido a una vida que era más bien una seguidilla de fracasos y miserias.
Encontró luego, en la oratoria, su arte. La representación teatral fue la clave
del triunfo político de Hitler. En vez de una declamación calmada y clara, él
tenía debilidad por la escenificación dramática, como la del Duce. Todo lo que
estaba lleno de vida, fuego y drama le fascinaba. Por ello su admiración por
Wagner (y su desprecio por la demás música culta, excepto la de aires
populares). El romanticismo, clave de la filosofía alemana, se reduce entonces
a la exaltación del Yo como motor de la historia y criterio de interpretación
de la realidad. Es allí donde entendemos a Hitler como el perfecto psicópata
criminal integrado: un asesino despiadado que actúa sin que su cultura lo
considere como tal. Un hombre que exaltó el Yo hasta el infinito.
Así pues, Hitler fue un hombre que hizo de sí un falso mesías, se proclamó
Dios y pretendió traer el paraíso a la tierra, trayendo miseria. Se representó,
con todos los medios humanos posibles, como un ser perfecto, un hombre
providencial, un liberador. Pudo actuar como actuó porque una cultura muy
sofisticada y complaciente había abonado su aparición. Una modernidad que, como
Nietzsche señaló, mató a Dios, haciendo del hombre una divinidad. Cristo, en el
pesebre, nos presenta todo lo contrario: el hombre no se hace Dios, sino que
Dios se hace hombre. No rechaza las miserias ni las camufla, sino que bebe el
cáliz hasta las heces. Su estilo no es la grandilocuencia, sino el sosiego. Le
gusta lo sutil, lo insignificante. Siempre. No está en el terremoto ni en el
huracán; está en el silencio, la suave brisa y en una gruta en la que se cuela
un frío que abriga el amor maternal.

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