sábado, 17 de enero de 2026

Hitler y la Navidad


Hitler y la Navidad




¿Qué puede tener en común Hitler y la Navidad? ¿A qué viene este título? ¿Es acaso pura provocación poner en una misma oración a un genocida consumado y al evento que ha producido mayor alegría en la humanidad? ¿O quizás, con él, se quiera aludir a una crónica de cómo pasaba Hitler la Navidad? ¿La pasaba en el Berghof, su “nido del águila” en los Alpes, o en la Cancillería de Berlín? ¿En esas fechas encendía, como cualquier alemán, el árbol con velas mientras cantaba la canción tradicional austriaca O Tannenbaum? ¿Qué papel tenían Eva Braun y la familia Goebbels en las fiestas? ¿O estas líneas buscan aclarar cuáles fueron las políticas nazis con respecto a esa celebración? ¿Se mantuvo la tradición völkisch (popular-tradicional) de las fiestas o se introdujo el neopaganismo de las élites nacionalsocialistas? ¿Es cierto que se instituyó la celebración del “Solsticio de Invierno” para erradicar la herencia judeocristiana de esa conmemoración? ¿Se transformaron los villancicos que se referían a Jesucristo para aludir al “triunfo de la Patria”?

Ninguna de esas interrogantes será tratada en este breve artículo. Este se propone un objetivo más difícil: establecer un paralelo, aparentemente imposible, entre el Salvador del mundo y Hitler, una de las figuras del Anticristo.

Ríos de tinta han corrido sobre el tristemente célebre pintor austriaco, el cabo frustrado, el Führer de los mil años. En él se objetiva la fascinación de todo ser humano por la existencia del mal absoluto. Al hablar de Hitler se ha enfatizado su faceta psicopática. Su extraña vida social (antisocial, diríamos mejor) ha confirmado esa tesis. Su relación tóxica con las mujeres también refleja a un hombre mentalmente enfermo. Su preferencia por jovencitas, como Henriette —la hija de 17 años de su fotógrafo—, o por Maria Reiter y Geli Raubal, ambas de 19, muestra un deseo latente de dominio sobre los más débiles y una tendencia a la pederastia. Su manipulación y mitomanía, por otro lado, empujaron a sus tres parejas a intentar suicidarse. Maria Reiter intentó ahorcarse sin éxito en 1927. Geli Raubal, su sobrina, lo consiguió en 1931, luego de comentar en alguna ocasión: “Mi tío es un monstruo; nadie puede imaginar lo que exige de mí”. Su última y definitiva pareja fue Eva Braun, con quien se casó en el búnker de la Cancillería, poco antes de que ambos se suicidaran ante la derrota inminente del régimen. Sin embargo, Braun intentó quitarse la vida en dos ocasiones anteriores: en 1932 se disparó al corazón y en 1935 tomó una sobredosis de pastillas para dormir.

A pesar de los rasgos maniacos de Hitler, una explicación psicológica de su “reinado del mal” no es suficiente. Su obsesión por los judíos y la “higienización” de las razas inferiores no era un asunto particular. Él daba voz a prejuicios populares de hacía siglos, atizados por la derrota y la crisis económica. Asimismo, presentaba una versión popular y bastante ramplona del racialismo, la eugenesia y la sociología vigentes en su tiempo. Su prédica y su estrategia de toma del poder, basadas en criterios socialistas-leninistas, tampoco fueron originales. Además, no habría logrado lo que hizo sin el apoyo de colaboradores tan absorbidos por la causa como él, y sin un pueblo alemán que lo respaldara en las urnas.

Entonces, ¿qué hace distintivo a Hitler y a su depravación? ¿Era un psicópata cualquiera? No. De ser así, el número de sus víctimas habría sido muy reducido. ¿Qué lo convirtió en un genocida? ¿Podemos endilgarle a él toda la responsabilidad de una de las mayores tragedias de la humanidad? Consideramos que Hitler fue más que una persona; es una figura que concentra el delirio de una época. Tal como lo describen los biógrafos e investigadores que han estudiado su figura, Hitler, el monstruo, no fue más que un mesías romántico.

Así pues, en Hitler se conjugan de manera sorprendente las más importantes corrientes modernas del pensamiento alemán. Él puede evidenciar, por ejemplo, las máximas nietzscheanas de la voluntad de poder como clave para forjar su carrera y, luego, intentar dominar el mundo bajo su férula de hierro. Como él mismo repetía y evidenciaba para los demás, la verdadera grandeza del hombre no radicaba en la genialidad, sino en una tenacidad a prueba de dudas. Quienes lo conocieron subrayaron lo electrizante que resultaba una personalidad tan firme y unas ideas tan obsesivas como las suyas. Buscaba la perfección al considerarse un superhombre: era vegetariano y muy moderado para comer, y no permitía chismes ni bromas obscenas en su entorno. Era un puritano. Finalmente, nunca dejaba mostrar rasgo o gesto alguno que denotara debilidad humana. Por ello nunca se dejó retratar con gafas.

Este deseo de representar neuróticamente la corrección moral y física estaba ligado a otra corriente filosófica alemana por excelencia: el hegelianismo. G. W. Hegel, como Hitler, no solo creía que el Estado era Dios, sino que un estadio superior de la humanidad no era posible sin la conducción de un individuo cósmico-histórico que resumiera en sí el devenir de la historia. Este hombre providencial para el pueblo alemán era el Führer; así lo creyeron miles de hombres y así se lo hicieron creer sus seguidores a Hitler (sobre todo Hess, quien tenía formación universitaria), quien terminó convencido de esta verdad luego de su paso por la cárcel. Así pues, él confesaba que estaba comprometido con Alemania y que, por eso, no podía ni siquiera atreverse a casarse o establecer una familia. Por ello también le diría alguna vez a Hess que “un líder no podía rebajarse a hacer ejercicios físicos por informales. Siempre he de mantenerme a distancia de mis seguidores”. Ya en su caída, sin dudar de su condición mesiánica, reclamaría que el pueblo alemán no estuvo a la altura de su destino y, muy hegelianamente, le correspondía su castigo.

La exaltación del pueblo fue también una tendencia muy arraigada en la mentalidad alemana. Feuerbach y hasta Marx (a pesar del propio Hitler) eran influencias demasiado profundas para poder evitarlas. El Führer, por eso mismo, no sería más que un apologeta de lo völkisch. Rechazando —e instrumentalizando— lo aristocrático, Hitler era un convencido y orgulloso plebeyo, amante del arte de masas y de la cultura popular. Hitler, como sus predecesores, romantizó al “pueblo”, haciendo de ese difuso concepto el eje de la política, la ética y la estética. Lo inmaculado no era lo religioso, sino la voluntad e intuición de la masa.

Finalmente, la base de todo el pensamiento moderno alemán, el romanticismo, es la piedra de toque para entender a Hitler y sus desvaríos. Y no podría ser de otra manera. Los padres de “lo alemán”, entendido como fuerza cultural y unidad lingüística, serán Goethe y Lutero. El primero llevó la lengua germana a las cumbres de la literatura; el otro, a quien Goethe llamó su “mentor”, independizó la lengua teutona al traducir la Biblia a ese idioma. Lo romántico, pues, está enraizado en el espíritu alemán. Hitler lo representó en su versión más pedestre. Él, recordemos, era, sobre todo, un artista mediocre y frustrado. Su momento de gloria lo vivió entre la euforia patriótica de la guerra, que le dio sentido a una vida que era más bien una seguidilla de fracasos y miserias. Encontró luego, en la oratoria, su arte. La representación teatral fue la clave del triunfo político de Hitler. En vez de una declamación calmada y clara, él tenía debilidad por la escenificación dramática, como la del Duce. Todo lo que estaba lleno de vida, fuego y drama le fascinaba. Por ello su admiración por Wagner (y su desprecio por la demás música culta, excepto la de aires populares). El romanticismo, clave de la filosofía alemana, se reduce entonces a la exaltación del Yo como motor de la historia y criterio de interpretación de la realidad. Es allí donde entendemos a Hitler como el perfecto psicópata criminal integrado: un asesino despiadado que actúa sin que su cultura lo considere como tal. Un hombre que exaltó el Yo hasta el infinito.

Así pues, Hitler fue un hombre que hizo de sí un falso mesías, se proclamó Dios y pretendió traer el paraíso a la tierra, trayendo miseria. Se representó, con todos los medios humanos posibles, como un ser perfecto, un hombre providencial, un liberador. Pudo actuar como actuó porque una cultura muy sofisticada y complaciente había abonado su aparición. Una modernidad que, como Nietzsche señaló, mató a Dios, haciendo del hombre una divinidad. Cristo, en el pesebre, nos presenta todo lo contrario: el hombre no se hace Dios, sino que Dios se hace hombre. No rechaza las miserias ni las camufla, sino que bebe el cáliz hasta las heces. Su estilo no es la grandilocuencia, sino el sosiego. Le gusta lo sutil, lo insignificante. Siempre. No está en el terremoto ni en el huracán; está en el silencio, la suave brisa y en una gruta en la que se cuela un frío que abriga el amor maternal.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Un mito, mil verdades: Nace un Imperio, de Enrique Zavala

Un mito, mil verdades: Nace un Imperio, de Enrique Zavala 

Enrique Zavala (2025) Nace un imperio. La historia de los incas contra los chancas. Lima: EY.





Recuerdo la primera vez que escuché el mito fundacional del Imperio incaico. Fue en primer grado de primaria, una época propicia para la imaginación. Abonada por las historias fantásticas sobre el Tahuantinsuyo, aquella imaginación infantil, empapada de un orgullo nacional tan característico de esa edad, produjo impresiones imborrables que se convirtieron en los cimientos de lo que uno aspira, respeta y ama. Así pues, los mitos, pilares de la identidad, constituyen verdades densas que echan raíces profundas en el alma. Con “Nace un Imperio”, la nueva publicación de Enrique Zavala, nos remontamos una vez más a ese territorio maravilloso, arraigado en la memoria personal y colectiva, que es la base de lo que somos.

“Nace un Imperio” (2025) es un reportaje histórico editado por EY. Con el estilo que lo caracteriza y en la senda de obras anteriores como “Juanita, la niña de los 500 años” (2021) “Chinkanas del Cuzco” (2023) y “1600, la erupción colosal del Huaynaputina” (2024), Enrique Zavala se introduce en los escondrijos históricos como un reportero de guerra a prueba de balas. Con un rigor científico que no empaña el arte de desentramar un misterio mediante la narración de un relato, Zavala nos remonta a la fundación del Imperio Incaico y las gestas del gran Pachacutec contra los chancas.

Para ello, el autor recurre a un vasto abanico de fuentes: desde las crónicas de conquistadores como Pedro Cieza de León, pasando por cronistas oficiales y eclesiásticos como Sarmiento de Gamboa y Bernabé Cobo, hasta cronistas indígenas como Guamán Poma de Ayala y Pachacuti Yamqui Salcamaygua, sin olvidar a los mestizos como el Inca Garcilaso de la Vega. También cede la voz a estudiosos contemporáneos como María Rostworowski y Waldemar Espinoza Soriano. Entre este babel de perspectivas que tratan de entresacar la verdad histórica de la leyenda, Zavala intenta –con éxito– elaborar un relato coherente y sólido que trate de iluminar al lector sobre este punto culmen de la historia del Perú.

El lector de "Nace un Imperio" se sumergirá en las intrigas palaciegas quechuas, conocerá las tácticas de la guerra precolombina, recreará las batallas épicas que dieron origen al imperio y comprenderá los complejos rituales religiosos que sostenían la ideología andina. Zavala nos ofrece una visión integral y entretenida que debería ser de consulta obligada para escolares y estudiantes universitarios. Sin embargo, más allá de estos aciertos “Nace un Imperio” nos ofrece algo más: el texto nos invita a reflexionar sobre la trascendencia del mito y a esbozar argumentos alternativos a partir de éste.

Luego de revisar sus páginas, el relato de Zavala me sugirió una serie de interrogantes o de versiones alternativas que me atrevo a enumerar. En primer lugar, la gesta de Pachacutec (ca. 1400-1471) me sugirió cierto paralelismo con otra figura histórica fundamental: Shaka Zulu (1787-1828). Así como Shaka consolidó su imperio al transformar la guerra tradicional del sur de África –simbólica, estacional y tendiente al compromiso– en una guerra total y de conquista, el éxito de Pachacutec pudo deberse a un cambio similar en la concepción del conflicto. El relato mítico que opone la cautela del inca Wiracocha ante los chancas al ánimo de confrontación de su hijo, el futuro Pachacutec, bien podría simbolizar este quiebre.

Así pues, la necesidad de responder a una estrategia militar directa –inusitada en el mundo andino– habría empujado a Pachacutec a una reorganización estatal y militar basada en un sistema de alianzas, recompensas y prebendas, sentando así las bases del Tahuantinsuyo.

Como señalan algunos especialistas, la potencia chanca no constituía una amenaza abrumadora; ambos pueblos eran, hacia 1400, cacicazgos que pugnaban por el liderazgo de confederaciones defensivas inestables, en un juego de sometimientos y vasallajes tras enfrentamientos más simbólicos que reales. Esto cambió cuando Cusi Yupanqui (Pachacutec) decidió romper con esa lógica y emprender una guerra total contra los invasores chancas, desafiando a su padre, quien se aferraba a las tradiciones.

Aquí surge otro punto de interpretación. Existe discordancia entre las crónicas respecto a las figuras de Wiracocha (homónimo del principal dios andino) y Pachacutec, hasta el punto de confundirse ambos personajes en la leyenda. La supuesta oposición entre ambos, presente en la mayoría de los relatos, podría ser más simbólica que real. Podría interpretarse que Wiracocha, el dios supremo encarnado en el anciano inca, no otorgó su beneplácito a Pachacutec hasta que él no reunió todos los elementos para asegurarse las bases de un imperio. 

Esto se vislumbra en otros pasajes míticos. El primero de ello alude a la victoria de Pachacutec gracias a los pururaucas, un pueblo extraordinario que “salió de las piedras” por obra de Wiracocha. Es probable que los pururaucas fueran, en realidad, contingentes de pueblos vecinos que, apostados en los cerros aledaños al Cuzco, esperaban el desenlace del conflicto. Una vez que Pachacutec, empleando tácticas agresivas y poco convencionales (como la destrucción de la momia del fundador chanca, Uscovilca), se impuso contra todo pronóstico, estos pueblos se unieron a él para sellar la victoria. Los relatos recalcan que el imperio se forjó con el acrecentamiento del poder simbólico cuzqueño y su posterior liderazgo sobre los grupos circundantes.

Asimismo, las crónicas señalan que Pachacutec, para ganarse el favor de su padre y ser proclamado inca, remodeló el Cuzco y lo convirtió en un centro de poder sagrado con la construcción de Sacsayhuamán y la ampliación del Inticancha. Su entronización final solo fue posible por la presión de los orejones y, crucialmente, de los curacas locales, a quienes sujetó mediante un sistema de prebendas. Solo cuando todas las bases del imperio estuvieron puestas, el inca/dios Wiracocha lo reconoció como gobernante legítimo. Se debió ganar y consolidar el favor de los reyezuelos colindantes, sujetarlos por castigos y premios, ejercer una política basada en la entrega de bienes explotando los principios de reciprocidad, erigiendo en el Cuzco una ciudad –un eje de poder simbólico religioso– donde antes existía un mero poblado, y sentar la base de una burocracia que aseguraba la inteligencia y el aseguramiento de la lealtad de los aliados (Tucuyricus y Torricos), las comunicaciones (Chasquis) y el almacenamiento y la contabilidad (Quipucamayoc).  

La última forma de legitimación de la élite cuzqueña fue su entronque mítico con la prestigiosa cultura panandina anterior: Tiwanaku. Así, consolidaron la tradición de que sus fundadores, Manco Cápac y Mama Ocllo, eran “refugiados” tiahuanacos que se asentaron en el Cuzco tras la invasión aymara. Este recurso tiene un paralelo en Mesoamérica, donde los mexicas se decían descendientes de Quetzalcóatl, el mítico rey de Tula.

Más allá de estas consideraciones, y como se puede advertir por ellas, el texto de Zavala resulta un material valioso –por ordenado, integral y claro– para entender el surgimiento del imperio inca y, desde él, empeñarse en un fértil intercambio de opiniones. Lo dificultoso que resulta el tema, nos exige un debate quizás inacabable, pero totalmente necesario. Lo invito a leer y profundizar. El texto es de acceso disponible en la página de EY: https://www.ey.com/es_pe/insights/growth/la-historia-en-ey/nace-imperio-historia-incas-contra-chancas

viernes, 26 de diciembre de 2025

Elegía de un puerto de desierto: Homisciente

Elegía de un puerto de desierto: Homisciente, de Esteban Couto

Esteban Couto: Homisciente. Nuevo Chimbote: Editorial Horizonte. 2022. 




Hace casi dos décadas publiqué una plaqueta satírica (folletín poético de unas cuantas páginas) en la que se podía leer un verso: “Oh! Dios, Tú, que los sabes todo / ¡debes andar en busca de un buen psicoanalista!” Con ellos creo haber profetizado la publicación de “Homisciente” (2022) de Esteban Couto. Con este título, Esteban quiere dar inicio a un viaje literario –cual otro Dante– a través del infierno que vive cualquier hombre que, en pos de la Belleza Inmortal, no busca eludir la Verdad que con toda su fiereza emerge ante quien la escrute. Así pues, el poeta-observador, en un ejercicio de total conciencia, debe enfrentar la realidad del contemporáneo mundo enfermo, que aparece cual tumor purulento fruto de la radiación o la lluvia ácida.  Y es que la poética de Esteban es un cantar de la devastación post-industrial, del declive de la esperanza, del ocaso de lo trascendental, de una sociedad que etiqueta como enajenado al que se aferra a lo eterno en medio de una realidad caduca, mezquina, hedionda. Una voz que se opone lo no-humano, y le ofrece, redentor, el “pan nuestro” de Vallejo; el humilde óbolo de la poesía: “soy ese pan rancio ___insípido / que nadie desearía comer […] eso__un pan demasiado tóxico / que acaso algún mendigo hambriento / desearía masticar” (p. 28).

Con “Homisciente”, Esteban sigue la senda de quienes, como Pound o Elliot, cantaron a la tierra baldía de la modernidad, haciendo notar con dolorosa belleza lo absurdamente grotescas que resultan las ideologías que encumbraron al ser humano como un pequeño nuevo dios; aquellas que le prometen “el progreso” y la “iluminación”, y que solo lo devuelven como un animal enajenado, enfermo de su omnisciencia; consumiéndose en el tugurio que él mismo ha labrado a golpes de utopía, como un ingenuo suicida, un ángel soberbio, borracho y complacido en su limitada condición. Al final qué queda, lo que Goya fielmente ilustró: “El sueño de la razón produce monstruos”. 

Couto, malgré lui¸ no es un revolucionario, sino todo lo contrario. Su poesía no es una de la contingencia, del pasotismo inane, de la recreación mediocre con palabras. Es una poesía comprometida con el Ser y la paradoja existencial. Se trata de una metafísica inscrita en los confines dolorosamente humanos de Chimbote, del Perú. Es genuinamente tributaria –no mera copia– de Vallejo y Arguedas. Esto se advierte en la propia edición del texto. En una feliz coincidencia, Couto publica su poemario en “Editorial Horizonte”, vieja casa de impresión que otrora popularizara los clásicos de Arguedas, inclusive su novela póstuma e inconclusa: “El zorro de Arriba y el zorro de Abajo” (1971). Como el maestro andahuaylino, Couto describe brutal, a la vez que inocentemente, el paisaje desolador de aquel puerto ahogado entre vapores de harina de pescado y decorado por montículos de chatarra que dan forma al monótono desierto: “…en esta ciudad de cantos rodados / y cabellos hirsutos regados en las aceras / como alas de difuntas cucarachas / todo es innecesario y líquido / como las cuadriculadas matemáticas / la retórica / las estadísticas” (p. 17).

Con “Homisciente”, Couto realiza una burla macabra de una de las máximas aspiraciones de la modernidad, “edad de la Razón”. En nuestros tiempos, en nombre de ese ideal –racionalismo– se inmolaron millones de víctimas y se erigieron lúgubres fortalezas del poder (cárceles y manicomios) para atajar a cualquier disidencia. Claro, todo en nombre de la “humanidad” y “filantropía” universales concebidas desde las más siniestras logias. Luego, los “ciudadanos libres y bienpensantes” serían los que repitieran cual máquinas o animales las consignas del poder “racional” y sus nuevas inquisiciones: los nacientes medios opinión pública. Los demás eran catalogados como fanáticos, supersticiosos, atrasados y, finalmente, locos. Pero la verdadera lucidez radicaba en ellos: “La locura es un trance designado para los elegidos. Un ser común y corriente confunde la iluminación con la esquizofrenia; la oscuridad absoluta con las sombras rojas” (p. 34).

No obstante, como en Vallejo, la poesía de Couto no se regodea en la miseria de este tecnificado mundo. Lo describe con la dosis estrictamente necesaria de dolor, sin traicionar la verdad que le exige el oficio de poeta/profeta. Couto destila humor con sordina y hasta se burla de su propio “pesimismo”. En la parte final del poemario se evidencia más claramente ello, sugiriendo –o tal vez, solo deseando– una salida o liberación: “Solo hay un Viejo Chacal que titiritea las órbitas de los asteroides. Él sabe cómo rotar el astro rey a su favor, urdir la venida del inca rey (a su favor). Y ser como un río que no cesa de avanzar y dejar los relaves de la monarquía en el paso de la corriente nueva” (p. 37).

Finalmente, Couto se repliega/parapeta/consuela en la labor del poeta. Como otro Natán o Jeremías perseguido y machacado por los falsos oráculos del Señor, le deja a Él el devenir que únicamente la voz poética proclama con lacerante fidelidad y hasta con pavor. También confía en su paso fugaz y en su pronta liberación por la Belleza Total que se ofrece en la otra orilla de la vida, como la tierra prometida: “Abandono al mundo/ su inútil morada / abandono las piaras y el cúmulo de heces / Digo adiós a la miseria del no-constructo / y me protejo con sombrío manto / ante la vecindad de la acidez terrestre / Más luz no / por favor / imploro frente al éxodo / los templos están repletos de hostias plásticas / y falsos profetas. No más luz / ¿para qué?” (p. 72).   

Para terminar, sólo puedo señalar que conmueve leer un trabajo de este tipo en la ciudad. Es saludable encontrar en Arequipa algo de escritura contemplativa en medio de tanta “escritura creativa”, “poética activista” y otras formas masificadas de la literatura-mercancía de hoy en día. Así pues, el trabajo de Couto resulta genuinamente valioso en un ambiente atiborrado de propuestas “decorativas”, algunas ingeniosas, pero poco dadas atreverse a hacer poesía en última instancia: aquel oficio que ensaya, torpemente, pronunciar la palabra de la Eternidad. Saludo y animo su lectura. 

miércoles, 21 de agosto de 2024

"Cuando muere un poeta todos lloran", Homenaje a Carlos Germán Belli


 


Dice el inmortal samba de Cartola: “En Mangueira, cuando muere un poeta todos lloran”. Haciendo eco de esta frase, es tiempo de luto en nuestra tierra pues el pasado sábado 10 de agosto ha fallecido uno de los más grandes cultores de la poesía en el Perú: Carlos German Belli.

Perteneciente a la generación del 50, Belli ha sido una de las figuras más lúcidas de la literatura nacional. Con una voz inconfundible –a la vez vanguardista que tradicional– encarnó en el contexto peruano la poesía más universal de las letras españolas. Celebrado en todo el mundo –fue propuesto para el premio Nobel y ganador de sendos premios– y admirado en los círculos más selectos de conocedores –el propio Mario Vargas Llosa lo ha elogiado desde sus inicios–, es poco conocido y, menos aún, imitado en el Perú; país donde la poesía fácil, prosaica y efectista ha sentado sus reales desde hace un par de décadas, por el influjo de una tendencia “conversacional” que aupó varias mediocridades. Todo lo contrario ocurre con Belli. En su verso se aprecia toda la riqueza de un amplio dominio de la mejor poesía, desde el dolce stil nuovo hasta los timbres gongoristas del barroco. No obstante, como los grandes maestros renacentistas, Belli no buscó el remedo. Hizo suya la Belleza atesorada por los siglos, reeditándola de manera muy personal e innovadora. Toda una paradójica novedad en tiempos en los que se celebra cualquier disparate rupturista.

Por otro lado, el estilo de Belli, tan firme, hermoso y depurado como una columna griega, es eco de una personalidad semejante: tan sencilla como profunda, y fundamentalmente humana. La obra de Carlos German Belli emerge de un contrapunto entre la más honda reflexión por la mísera condición humana –especialmente la inscrita en el Perú– y sus propias tragedias personales.  El dolor por el hermano enfermo y postrado, la oscura vida de funcionario público que le tocó vivir y la prematura muerte de una de sus hijas fue el germen de uno de los más conmovedores testimonios de empatía universal. Alegato contra el triste destino humano sólo comparable a los vertidos por el inmortal Vallejo.

No obstante, la contemplación del sufrimiento metafísico en Belli –tan bien adecuado a las formas y registros clásicos utilizados para expresarlo– solo es posible de ser entendida en clave de esperanza, concepto que ilumina su obra. Justamente, uno de sus últimos textos se dirige a ella: Salve, Spes! En este poemario se consagra con piedad cristiana a la alegoría de la Esperanza; al fuego de la diosa pagana Spes que personificará la implacable y acogedora confianza humana en el porvenir ultraterreno.

A la esperanza también consagramos el alma del buen don Carlos Germán, ya que confiamos que goza de los deleites intelectuales en el empíreo que tanto anheló. “El ansia de saberlo todo” será por fin satisfecha, ya “lejos del terrenal cepo” al que estaba atado. Una “hada cibernética” cual arcángel arcabucero de su amado Perú lo introducirá a la morada donde su alma, un verdadero pozo de humanidad, se colmará finalmente de Belleza. (Lo afirmo, y lo afirmo bien, por haber compartido con él algunas inolvidables horas en la estancia terrestre). Eso sí, está demás decirlo, la inmortalidad literaria le está asegurada; aunque a él solo le cabe la celeste.

“En Mangeira, cuando muere un poeta todos lloran” dice el samba, reitero. Hoy lloramos y a la vez cantamos con y por la poesía de Carlos Germán Belli. 


El ansia de saberlo todo

Este seso que vergonzoso va
rodando por la esférica corteza.
que ni una vez siquiera
ascender pudo a la celeste bóveda,
ahora desde la corporal cárcel
mira con infinita envidia siempre
el don alado ajeno.
lejos como la luz de las estrellas;
y aunque ya poco tiempo por delante.
a lo menos alguna vez volar
entre aquellas montañas empinadas
de antiguos libros de la ciencia humana.
y saber qué es un triángulo equilátero:
pues la caducidad
en el vientre se esconde de un gusano.
mientras éste vacila
si carcome los libros finalmente,
o bien al lector lerdo sin remedio.

Allá hacia el éter el entendimiento
sobre las altas nubes venturoso,
emprende raudo vuelo
como un ave que de onda en onda sube
las alturas del firmamento intrépida,
hasta observar la cúspide invisible
que emerge de los reinos
del terrena) planeta misterioso.
y enterarse de todo de una vez:
cuál es la fuente y cuál es el Leleo,
y en que punto del universo azul
la inalcanzable ninfa será hallada
(aún no vista por la mente obtusa);
y antes de oír atónito
el ruin ruido del río tenebroso,
por último saber
si el amor que acá empieza en cuerpo y alma.
en tal estado seguirá en la muerte.

Quizás es mucho codiciadas alas,
tras vivir como inmóvil topo abajo,
que basta ser la rama
por el suelo reptando con sigilo,
y los cimientos descubrir del orbe.
donde el trébol es un vestigio extraño
que crece solitario;
y el tronco de la mente ya madure;
como la planta que por vez primera
prende en el Edén y perdura siempre,
y sea el tallo del saber erecto
penetrando la carne de la vida.
y el soplo que lo anima sin cesar,
bríos incandescentes
del deleite que ayer esquivo fuera,
saturando hondamente
los días que aun faltan discurrir.
leyendo y copulando como nunca.

Entonces he aquí un arbolado cráneo
y largas ramas que se multiplican
por las extremidades,
al soplo de los vientos transparentes,
en varias direcciones al instante.
como si subsanaran lo perdido;
que los bienes huidizos
asidos serán por los verdes miembros,
entretejiendo el cuerpo y alma y mundo
en perfecta guirnalda hasta la muerte,
y ciñendo por último la vida
en el disfrute de la carne frágil
y del eterno espíritu voraz.
entre el suelo y los ciclos,
en un girar continuo (y viceversa),
que a lo menos haber
desde ahora un atisbo luminoso
de dónde, porqué acá y adonde vamos.

Mas las extremidades no de planta,
sino aquellos tentáculos de pulpo.
día y noche afilados
por el mental tridente poderoso
y empecinado en el correr del tiempo
por entrar en el reino de los mares;
y fiero osar entonces
contra el ultraje del arcano acuático.
que sus ricos tesoros los reserva
para los primogénitos del hado;
y mediante los vividos tentáculos
sacar las ricas prendas de los antros.
por mil mantas de erizos encubiertas;
y la frente adornar
de la invisible ninfa inteligible,
con agrisadas perlas,
tan recónditas como refulgentes,
y no con ovas por el mar echadas.

Pues tentacularmente por entero,
para entrar en el insondable océano.
y saber con certeza
si principio y final de todo sea,
cuando el río acarrea las cenizas
al valle submarino inexpugnable:
y dejar ya la obtusa
escafandra al pie del acantilado,
por artificial y perecedera.
que nunca ha descendido hasta los fondos,
en donde bulto de color rojísimo,
como un arbusto en llamas bajo el agua.
o enigmático émulo sin par
del sumo don sanguíneo,
que tal es el coral resplandeciente,
cuya encendida copa
no solo raíz, del terrenal árbol.
mas espejo también de ardiente amor.

Estas alas y ramas y tentáculos
con sentimiento abrazan a la vez
el aire, fuego y agua,
en vela y aun durmiendo día a día.
al obrar y pensar avaricioso,
con talante tal por lo menos antes
del fin inoportuno.
que asi pieza por pieza escudriñar
en alegre ejercicio de continuo
de un confín a otro en círculo cerrado
en tu usanza mejor del intelecto,
con persistencia tal que el gran misterio
se revela en la palma de la mano.
anticipadamente,
al penetrar el trifurcado espíritu,
mañana, tarde, noche,
la esférica corteza, el seno acuático.
y del cielo la bóveda celeste.

Canción, si bien en las postrimerías.
y hasta ahora jamás
ni diestra pluma ni ilustrado el numen,
que le procrean en el vasto mundo;
mas de tu padre cuán diferente eres,
y menester no tienes
ni de alas ni tentáculos ni ramas,
que acá te basta honrar
la infelice memoria del perito
en la más pura nada. Sea así.

 

De Canciones y otros poemas (1982)


Pranto de Poeta (Cartola)

martes, 26 de septiembre de 2023

Los laberintos de un mito: Chinkanas del Cuzco, de Enrique Zavala.

Los laberintos de un mito: Chinkanas del Cuzco, de Enrique Zavala.

Enrique Zavala (2023) Chinkanas del Cuzco. Los laberintos de un mito. Arequipa: Edición del autor. 



Eran los finales de los 90’y yo viajaba sólo por primera vez a Cuzco. Siempre me había fascinado el pasear por esa maravillosa ciudad desde que la conocí de niño, buenos años atrás. Sin embargo, en esa ocasión, mi admiración por su pasado y hermosa arquitectura se conjugaban con las ganas de diversión nocturna, de la que la ciudad también era famosa. La primera noche de nuestra estadía nos dirigimos a una conocida discoteca en el centro de la ciudad, de la que recuerdo, sobre todo, un hermoso muro inca que le servía de escenario. Si bien nuestra intención era pasar un buen y relajado rato en esos primeros años de juventud, el peso de la historia y la cultura de aquella gran ciudad nunca pudo –ni puede– sustraerse del todo.

Así pues, luego de conocer y departir con algunos jóvenes y chicas oriundos de aquel lugar, entre copa y copa, conocí por primera vez la historia de la Chinkana. Recuerdo que era de madrugada y, atravesando las calles, vimos una oquedad en una pared de piedra bien pulimentada. Una muchacha, a partir de ella contó la historia del laberinto subterráneo del Cuzco; de los muchachos perdidos y enloquecidos en su interior; del choclo de oro con el que salió el único afortunado de las incursiones a los túneles prehispánicos; y como ese camino bajo tierra –clausurado en esas fechas por razones de seguridad– partía de Sacsayhuaman hasta el Koricancha, atravesando subterráneamente los puntos neurálgicos y más emblemáticos de la urbe, y en cuyos pasadizos y grutas se encontraba el tesoro de los Incas.

Francamente, sin dejar de gozar con esas historias que tenían mucho de leyenda urbana –como las que se cuentas en Arequipa de Mónica la Condenada y de los tapados enterrados en las crestas del Pichu Pichu– que siempre caen bien en una incursión nocturna, las concebí como meros cuentos que la tradición oral atesora por motivos de chanza o hasta por fines truculentos.

En las numerosas veces que he ido a Cuzco –a Dios, gracias– nunca he dejado de escuchar, por alguna u otra razón, ciertos relatos más sobre la Chinkana. Sin embargo, y como todo en esta vida, fui perdiendo paulatinamente el interés en ella, a la vez que los giros y versiones sobre su existencia se hacían cada vez más inverosímiles como “redituables” en boca de guías sin formación académica y especializados en el “turismo esotérico” (guías que, por otra parte, deben ser causantes de gran parte del descalabro patrimonial de la ciudad, luego de que fomenten manosear compulsivamente a las magníficas rocas en busca de unos cuantos voltios de “energía mística”). Afortunadamente, hace unos días, llegó a mis manos un libro que desbarató mis creencias –o, mejor dicho, incredulidades– sobre el tema. Se trata de “Chinkanas del Cuzco”, texto escrito por el destacado periodista local, Enrique Zavala, quien hace algunos años dedicara también interesantes líneas sobre Juanita, la doncella del Ampato.

Con un estilo ágil y ameno, Zavala se interna en el laberinto de recuerdos, opiniones y rumores que existen sobre las Chinkanas del Cuzco. A manera de un reportaje periodístico, el comunicador arequipeño reconstruye la imagen del mito para acercarse a la realidad de la mano de antropólogos e historiadores; de cronistas y arqueólogos que han intentado descubrir los secretos de unos túneles que, supuestamente, recorren las profundidades del Cuzco. Es aquí donde vale la pena rescatar la conocida habilidad de Zavala como entrevistador, ya que el libro está estructurado, más que como una narración, como una amplia y plural entrevista; un poliedro de emociones, vivencias y opiniones desde donde emerge –a duras penas– la verdad detrás de la leyenda. Zavala se enfoca, además de lo científico y lo técnico, en lo que verdaderamente importa: en las personas. No sólo su testimonio es el que acoge y proyecta de una manera empática y respetuosa (en las antípodas de los periodistas/entrevistadores nacionales, quienes se han educado en la academia de la vejación y maltrato sistemático a sus contertulios, haciendo fiel reflejo de la vil clase política a la que pretenden censurar con moralina vergonzosa). Zavala, en su texto, “sacrifica” y paradójicamente a la vez potencia el tema central del libro –la Chinkana– para poner el reflector sobre sus interlocutores, iluminando también parte de su historia para hacer más visible la de la ciudad imperial y sus misterios.

“Chinkanas del Cuzco”, luego, no sólo trata de ruinas y patrimonio que espera ser descubierto. Es un libro que, fundamentalmente, retrata una búsqueda como sinfonía a muchas voces, en la que los interlocutores son importantes. En su obra se muestran valiosas tanto las galerías ancestrales subterráneas de los Incas, como los recuerdos de los amigos, el esfuerzo de los académicos y el sentir y decir popular sobre algo que, si aún no existiese, ya tendría suficiente entidad para ser admirado sólo por el hecho de tener un lugar en la memoria.

Finalmente, “Chinkanas del Cuzco” es un libro muy recomendable, por lo provechoso, informativo y divertido que resulta. En el cruce de caminos de la crónica, el informe científico y la novela policial, su ágil lectura hace las delicias del público especializado o lego. Constituye, luego, un ejercicio de escritura digno de emular y de difundirse al estar a caballo entre los trabajos netamente académicos –y, por lo tanto, sólo aptos para iniciados– y los de “divulgación”, que en su mayoría repiten sólo tópicos consabidos y mentirosos de nuestra historia, y que a la vez parecen apéndices mediocres de un manual escolar. El libro de Enrique Zavala se presenta en la Feria Internacional del Libro de Arequipa (FIL) el lunes 25 de setiembre a las 18:00 hs. Agradecemos, pues, su publicación y al autor por emprender esta aventura en los entresijos de una historia sin resolver. Esperamos leer más títulos similares, ya que, al parecer, si queremos que alguien cuente una historia sobre la Historia, es mejor que sea Zavala el que lo haga.

sábado, 19 de febrero de 2022

Poso de nostalgia: Solos de Madrugada.

 Poso de nostalgia: Solos de Madrugada, de José Luis Garcí.

José Luis Garcí (1978) Solos en la madrugada. José Luis Tafur P.C. España. 102 min.

 



Escribo estas breves líneas desde la metrópoli, apremiado por la nostalgia. Hace poco, en una noche sonámbula, una película a medio comenzar –una de esas que, por lo inesperadas, se convierten tanto en una epifanía como en un regalo– me hizo confrontarme, como frente a un espejo, con mi propia melancolía. Pero en ella había algo más. Gracias a la cinta –que después supe que pertenecía a José Luis Garcí, el conductor de ¡Qué grande es el cine!, mítico programa de mi cinefilia– pude entrever un poco aquellas cuestiones que sobre España –nuestra madre, para bien o para mal– que continuamente se me habían suscito. Y más allá del periodo –el de la Transición Española– que describe con maestría, como señalan unánimemente los entendidos, la película nos remite a un aspecto más metafísico de la identidad española.

La película

José (José Sacramento) es un periodista y activista democrático, que conduce un programa de radio en la madrugada. En tiempos de la transición, los vientos de cambio parecieran haber coronado una vida consagrada a la búsqueda de la libertad. Sin embargo, su vida se ve más oscura y marchita que antes. Su relación matrimonial está rota y el vínculo con sus hijos es precario. Detrás, como escenario, retumba el ruido angustiante de un nuevo régimen democrático en ciernes, expectativa y a la vez cierto temor. Los cambios radicales solo se detienen cuando, en la madrugada, José entra en una cómplice tertulia con «30 millones de oyentes»

En medio de su vida en decadencia hace aparición Maite, una joven antropóloga, quien se decide a hacerle vivir una «relación libre y moderna». A la vez que le manifiesta admiración por su vieja historia de lucha por la libertad, no duda en considerarlo anticuado y pacato para esa nueva Europa de la que aspiraba gozar. Finalmente, su joven y devota ayudante, Lola, está también enamorada de José, aunque él no lo nota pues anda fuera de rumbo. Este extraviado José –esperpento trágico magníficamente retratado por Sacramento–, luego, es amado y admirado por tres mujeres que, a la vez, lo consideran ya digno de una etapa que se va. Al tiempo se convierte en ese precursor de la democracia, quien sacrificó hasta su familia por ella, pero que se ve desplazado por el momento por el que luchó.   

Tierra de quijotes

España es tierra de contrastes y de pasiones. Su exuberancia, que va desde la ampulosa aflicción de sus tristes nazarenos, hasta la algarabía de su picaresca y folclore, pasando por sus pasiones políticas pródigas de una crueldad inimaginable, así lo ilustra. Ya lo recordaría Martín Adán al referirse a esa peculiar «razón ascética del godo romanizado, del goce como en Dios, de la satisfacción como el sino». O como lo diría más lacónicamente Barrés: «es típico de España la exaltación de los sentimientos». En esa prodigiosa tierra, por la intensidad de su ser, parece que la vida se vive dos veces.

Pero hay algo más impactante y admirable –hasta lo épico– en el carácter español. Algo difícil de entrever porque se esconde en la casi imposible mixtura del candor infantil (o una permanente nostalgia por esta etapa) con cierto ánimo sombrío más propio de las edades vencidas, tardías. Se trata del espíritu trágico español que, como al Quijote, le es quintaesencial. España es el rincón de los proyectos fracasados, de las ilusiones truncas. Una tierra en la que, además, todo empeño –¡y vaya que sí se ha puesto empeño!– parece que ha quedado baldío. Sus magníficas y colosales empresas –como quien va convencido, y con toda intensidad, a darse de leches con molinos de vientos después de atravesar innavegables océanos en busca de dorados o ciudades de la fe– se desvanecen por el empuje de una historia que siempre se le ha dado por pisotear sus anhelos. España, como la gran y espiritual Rusia (ya que, a decir de Emile Cioran, junto con ella resultan los dos ojos de Dios en la tierra), vive siempre a placé y en los márgenes del tiempo y del espacio. Por eso las revoluciones y modernidades le vienen constantemente a contratiempo. Cada tanto le cambian el guion al mundo, y esta tierra caliente estaba tan empeñada en seguirlo que le friega (como a Vallejo le fregaban los cóndores) cuando hay que reaprender la lección. Luego, a tomárselo con humor y a guardar esa buena dosis de desconsuelo en los pozos del alma.

Así pues, poco a poco, el carácter español –otrora recio y empeñoso como un cruzado, a la vez que jocoso como un pícaro– se ha ido agriando con los años, al punto de devenir en una hosquedad disimulada con buenos modales. El último crepúsculo de los dioses que vivió España –su último parricidio– fue la caída de Franco y todo su régimen «tradicional». A cambio, el espíritu de los tiempos prometió esa «progresiva vanguardia», traicionera y mudable como mala mujer de folletín. No quedaba de otra y, a pesar que los más avispados sabían que se embarcaban en otra tarea que desde ya mostraba la hilacha, se hizo de tripas, corazón, y con un mohín que no ocultaba el fastidio, se dio el paso con un optimismo al que le sobraba decisión, pero al que le faltaba fe. No es la gota que rebalsó el vaso, pero el desencanto se acentúa progresivamente. Malestar que puede degenerar en violencia si los tules del arte no lo arropan para que se convierta en inocente melancolía.

Radiografía de la nostalgia

Solos de Madrugada (1978) es una radiografía del último de estos cambios de rumbo en la tierra de Cervantes. En ella se puede observar, con dulzura y sin aspavientos, las luces y sombras en el provenir de esa nueva aurora democrática. En ella se narra la historia de los proyectos perdidos y los porvenires dudosos, esforzados. En una Madrid oscura, frágil, íntima –una Madrid de madrugada– José, el personaje de la historia, vive dislocado entre los amores inviables y los negados. Solo lleva –esmirriado él hasta el chiste, como un cristo– su optimismo a toda prueba. Insiste en ser ingenuo como un niño –como aquel que él añora– aunque la tristeza lo hostigue con sus gélidos y solitarios amaneceres. Y a pesar que la nostalgia se le encharque, planta cara como todo un buen español, como aquellos que resistieron inútilmente en Filipinas 337 días porque nadie les había dicho que ya habían enmendado la plana.

La tragedia española no suena como la alemana, y no hay puesta en escena y tramoyistas detrás de ella. Es simple y letal como una rosa. Desconsoladoramente hermosa cuando se la mira bien, como hizo Garcí con Solos en la madrugada.


lunes, 31 de enero de 2022

Sísifo en Japón: La Isla desnuda.

 

Sísifo en Japón: La Isla desnuda, de Kaneto Shindo.

Kaneto Shindo (1960) Hadaka no shima. Kindai Eiga Kyokai. Japón. 98 min




  

Según la mitología griega, Sísifo, hijo de Eolo y rey de Corinto, incurrió en la impiedad y soberbia (hibrys), negando las leyes de los dioses para hacerse él mismo un “dios”. Señalan las antiguas historias que, además de su tiránico mandato, y robar y asesinar viajeros para satisfacer su codicia, reveló los secretos de los dioses. Zeus lo castigó y lo encadenó a Tánatos, la muerte. Pero la soberbia de Sísifo no retrocedió. Antes de ser condenado a vivir en el infierno, asociado a la muerte, exigió a su esposa Mérope que incumpliera con los ritos funerarios prescritos por la costumbre. Ante la afrenta, Hades, príncipe del inframundo, exigió venganza. Sísifo se ofreció a exhortar a Mérope para que cumpla con sus deberes religiosos y satisfacer a los dioses de ultratumba. Hades accedió. Sin embargo, una vez devuelto al mundo de los vivos, Sísifo se resistió a volver, ofendiendo a los dioses (en especial a Hades) hasta su muerte natural, en la ancianidad. Una vez restituido al infierno –esta vez para siempre– fue condenado a cargar una enorme piedra hasta lo alto de una montaña, desde donde la roca rodaba siempre cuesta abajo, obligando al desdichado Sísifo a repetir su tarea para siempre.  

 

Sísifo, el existencialismo y la Nouvelle Vague.

Este mito cautivó la imaginación de pensadores y artistas de los años venideros. Especialmente, luego de la debacle vivida por la humanidad luego de la Segunda Guerra Mundial, tuvo inusitada vigencia. A la luz de esta historia filósofos existencialistas reflexionaron sobre la rebeldía del hombre sobre la naturaleza y su destino, su sentido trágico siempre enlazado a la muerte, y la futilidad de sus trabajos y empresas. Albert Camus dedicaría un libro, publicado en 1942, a esta historia inmortal.

Inspirada por el existencialismo y otras corrientes filosóficas de vanguardia, la cinematografía francesa revolucionaría el séptimo arte entre los años sesenta y setenta. Directores como Truffaut, Rohmer y sobre todo Godard renovarían radicalmente el mensaje y la forma de hacer cine, iniciando lo que la crítica ha denominado la Nouvelle vague, o Nueva ola francesa; movimiento artístico que repercutió internacionalmente y rápida alcanzó seguidores en todos los rincones del orbe. Por su parte, Japón, país de una tradición cinematográfica centenaria sería terreno fértil para sus postulados artísticos.

En la Postguerra, Japón iniciaría su milagro económico y un despegue social y cultural de mano de la liberalización que impondría el gobierno de ocupación americano. Las libertades ideológicas antes constreñidas por el nacionalismo florecerían, dando lugar a una época de esplendor en el cine, allá por los años cincuenta. Sin embargo, la búsqueda de mayor perfección formal y una preocupación profunda por la identidad, el futuro y el sentido del Japón (después de eventos traumáticos como Hiroshima y Nagasaki) empujarían a los jóvenes directores a formas menos convencionales y más exigentes al espectador.  Es así como nacería la Nueva ola japonesa, aquella que sin ceñirse férreamente a los postulados artísticos de su par francés, lograría generar un mensaje y formato original bajo su influencia.

Los directores más representativos de la Nueva ola japonesa o nūberu bāgu serán: Nagisha Oshima (Death by hanging, 1968; Merry Chrismas Mr. Lawrence, 1983), Masahiro Shinoda (Los pornógrafos, 1966), Yoshishige Yoshida (Eros + Masacre, 1969), y Hiroshi Teshigahara (La mujer de arena, 1964). Son famosos por su experimentación con el lenguaje cinematográfico, obsesión por la fotografía y sus problemas con la censura. Sin embargo, a pesar de no estar dentro de las coordenadas temporales del movimiento, un hombre debe ser considerado el padre de la Nueva ola japonesa: Kaneto Shindo. Este magnífico realizador en los inicios de los años sesenta nos regalará una cinta que es como un verdadero manifiesto del nuevo cine japonés.

 

«La isla desnuda»    

Hadaka no shima (1960) es la decimoquinta cinta de Shindo, y la más importante luego de su famosísima Niños de Hiroshima (1952). Como lo hizo con esta película, discurre y medita a propósito de la condición humana, ya no teniendo como telón de fondo la tragedia atómica, sino que se centra –de manera más metafísica– en la vida rural japonesa. «La isla desnuda» relata la historia de una familia que habita una colina-islote en la prefectura de Hiroshima (lugar de nacimiento del director). El lugar no cuenta con agua y la pareja de esposos tiene que trasladarse varias veces al día hasta la ciudad de Mihara para traerla en pequeños baldes. Luego los transportan a la cima de la ladera, donde siembran algunos productos. Mientras tanto sus dos hijos ayudan en las tareas del hogar y pescan.

La cinta explota, fundamentalmente, el hermoso paisaje, y lo contrapone con la historia de sufrimiento y angustia de la pareja al tratar de sobreponerse a la inmensidad de la naturaleza. Una soberbia fotografía del mar de Seto –que atraviesan todos los días para recoger el agua– y de la propia isla desnuda y conquistada por los frágiles protagonistas, será el eje de la obra. La película, asimismo, prácticamente no tiene diálogos. Toda la intensidad del drama recae en las secuencias y en actuación –meramente gestual– de Nobuko Otowa y Taiji Tonoyama (este último, un actor alcohólico que se recuperó de su adicción durante el rodaje, al no poder acceder a la bebida en ese paraje extremo).

Shindo nos trae a la memoria la historia de Sísifo con su film. Ya no se trata del cruel rey corinto, sino de una simple pareja de campesinos japoneses que, como un castigo (la vida misma), están obligados a acarrear agua hasta la cima de una árida isla para sobrevivir, mientras en los alrededores el progreso y desarrollo (simbolizados en el comercio y cultura de postguerra) hacen patente que su lucha con la naturaleza carece de sentido. A pesar de ello, ambos esposos –una magistral analogía de la humanidad– no cejan en una tarea siempre titánica y dolorosa. Labor que se les presenta sin razón de ser por momentos. Tan solo la felicidad de sus hijos –tan fugaz que a veces no merece ese nombre– empuja a hombre y mujer a esa tarea imposible. Sin embargo, Sísifo –el griego, no el japonés– irrumpe de nuevo en la historia, esta vez no obligado a acarrear agua en una cubeta hasta la cima de una colina, sino encadenando al inevitable Tánatos a los esposos. La muerte, pues, llevará a los extremos la lucha existencial de los protagonistas.

La isla desnuda es una película contemplativa. Su lento ritmo y obsesión por la perfección visual pueden hacerla cansina al espectador novato. Sin embargo, vale la pena verla; es más, debe meditársela. La música de Hikaru Hayashi acompañará esta épica historia cotidiana, haciéndonos remontarnos (cual otros Sísifos, con nuestro dolor a cuestas) a la cima de lo dramático. Afortunadamente, desde la cumbre de la isla desnuda, y ante un panorama de belleza invencible, arrojaremos nuestras penas al océano para no cargarlas una vez más.